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Catalina Murillo: Marzo Todopoderoso

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“Y hasta imagina que se pone un sombrero de copa y que coge su bastón, y que antes de salir deja caer sobre él un par de billetes...”

Extienda esa imagen. Vamos, yo lo reto. Pose su mirada en el espejo y dese de cuenta que es usted un altivo hombre de negocios, alto y fornido. Escrute en el reflejo su porte elegante y altanero, su ligero tinte de desprecio, sus aires de noble preponderancia. Imagine que, acabados los únicos asuntos que pueden competer a ambos, se escabulle de la habitación, abandonando la cama en la que yace la prostituta, sucia e insignificante, y, tras acomodar sobre su fina cabellera el sombrero de copa y apoyar el bastón en el piso del vetusto motel, deja caer sobre ella un par de billetes que no hacen sino confirmar que usted es superior a ella.

Se siente bien, ¿verdad?

Ahora destruya esa estampa e imagine todo lo contrario.

Explore a fondo el reflejo en el espejo y dese cuenta que usted, señor lector, es en realidad la puta tumbada sobre la cama, derrotada. Tome conciencia de que usted no tiene decisión de nada, de que usted no es más que un pasajero y lo que con usted suceda no es asunto de nadie y a nadie le importa. Y, finalmente, espabílese, abra los ojos y acepte que, pese a todo lo que esa segunda imagen conlleva, se siente aún mejor que en la primera.

Esa deliciosa sensación de derrota es lo que empapa las 230 páginas de Marzo Todopoderoso, la primera novela de Catalina Murillo. La obra, que viera la luz bajo el abrazo de Perro Azul en el 2003, pasó varios años en la sombra de un tiraje escaso y agotado hace largo rato, hasta que resurgiera en el 2010 gracias a la divina intervención de Lanzallamas, nuevos paladines de la literatura nacional.

El nombre de Catalina Murillo no debería ser extraño para los lectores, particularmente aquellos que suelen pasar la retina por las páginas de la revista SoHo y la sección de opinión de La Nación. Menos probable es que su nombre —o cuando menos su apellido— le sea familiar a los estudiantes de la facultad de Letras de la UCR: el auditorio del segundo piso lleva el nombre de papá, Dr. Roberto Murillo. En 1995, Catalina publicó una crónica de viaje que nadie ha leído (bueno, casi nadie) de nombre Largo Domingo Cubano. Ocho años más tarde llegó Marzo.

Marzo con un sol reventando sobre el final de las vacaciones. Marzo como un epitafio de una ficción que ha dejado cuando menos una víctima: el gran Lotón. Las cervezas, los viajes a la playa, las travesuras —fuesen infantiles, fuesen descaradas— de su, digamos, "novia", la presencia de pretendientes sin rostro. Todo confabula para que Lota sea el gran perdedor de una historia que comenzó más de doscientas páginas antes. En diciembre.

Diciembre. Terminémosla de hacer: primero de diciembre. El verano se desparrama sobre los sucios pormenores del eterno destino de la población de la Rodrigo Facio: los bares de la Calle Cáustica. Muerta de risa en minifalda rosada está Azul. Rodeada por un grupo de cuarentones ridículos a quienes acaba de conocer está Azul. Infantil, torpe, enigmática Azul.

La muchacha, protagonista de esta historia, será la encargada de llevarnos por un viaje lleno de ambigüedades morales, comportamientos erráticos y deseos de borrarle de un par de manazos esa altiva sonrisa de adolescente rebelde que se quiere comer el mundo. Narrada desde una perspectiva en tercera persona, la trama nos presenta, en medio de los cuarentones mentados anteriormente (todos náufragos de una supuesta vida de bohemia que no les ha traído más que deudas y soledad disimulada entre espuma de cerveza), a Lota. Lota será el eterno enamorado de Azul, un pobre bigotón de panza birrera que, con cuatro décadas en las espaldas, todavía vive con su mamá.

Las insinuaciones entre ambos, los retos, las humillaciones —a veces sutiles, a veces no tanto— para el pobre Lota, así como el quemante deseo que empuja al hombre a realizar cambios nucleares en su vida con tal de acercarse a las piernas eternamente cerradas de Azul, son lo que mueve el engranaje de Marzo Todopoderoso. Pese a que es la muchacha quien lleva la batuta del protagonismo en la novela, no serán raros los momentos en que el lector vitoree al Team Lota, dispuesto incluso a bajarle los pantalones a la joven y echarle una mano al eterno galán de mediana edad.

Yace allí, acaso, la mayor fortaleza de esta obra: la capacidad de Cata de redactar una historia plagada de clichés alrededor de un personaje adorablemente detestable, y salir avante. Son los resultados del estupendo manejo del sarcasmo y la ironía de una pluma ácida, envuelta en llamas, que sabe driblar el pachuquismo para entregar una novela que vapulea al lector y lo deja tendido sobre una cama, esposado, los billetes a su lado como un Gracias por leer pícaro de parte de Murillo.

Ante ello, la sonrisa de Catalina impresa en la contraportada del libro se convierte en una burla. Una que excita al lector, tal como la mojigata seducción de la protagonista. Estereotipos cuidadosamente escogidos, imágenes seleccionadas con un propósito determinado y unívoco: demostrarnos que, al final de cuentas, todos queremos ser Azul, pero no pasamos de ser Lota.solo89-16.pngMarzo Todopoderoso está disponible en "casi" todas las librerías de San José. En red, la pueden conseguir en el sitio de la Librería Universitaria, de la editorial Lanzallamas, o en Amazon.

Danny Brenes — escribe, lee y bebe coca-cola.