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Feliz cumpleaños "Canciones a la muerte de los niños"

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La noche de la presentación de esta novela es difícil de olvidar; no solo por ser la segunda de lo que podría ser una trilogía, sino porque en esa misma velada, este servidor conoció, y de cierta forma despidió al poeta Julio Acuña (asesinado horas más tarde), además de ser testigo de la última lectura pública de Felipe Granados, quien deleitó a los escuchas con un fragmento de "Canciones a la muerte de los niños". De eso hace ya dos años, mismo tiempo transcurrido desde que Editorial Costa Rica decidiera publicar la obra bajo su sello.

Alexánder Obando ingresó al panorama literario costarricense —según el proverbio bíblico— como un ladrón por la noche. Digo ladrón, no en el sentido estricto de la palabra, sino más bien aludiendo a una connotación casi poética, dado que con su primera novela ("El más violento paraíso") despojó del velo de lo políticamente correcto que hasta entonces parecía lucir la prosa criolla, y que —en criterio muy personal— autores como Rodolfo Arias, con su ópera prima ("El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios") y Virgilio Mora, creador de "Cachaza", han sabido también desterrar, dando ese salto necesario en el entorno de la novela costarricense, un tanto disminuida por los embates de la militancia política o la 'denuncia'.

Gracias a "El más violento paraíso", Obando pasó a formar parte de un privilegiado grupo de escritores que —al menos en teoría— deberían ser de consulta obligatoria para los escasos lectores de este país. Sin embargo, a pesar de su hoy bien labrada reputación como literato, la publicación de sus dos textos no fue fácil; una serie de peajes morales, económicos y de otras índoles, tuvieron que atravesar para llegar, finalmente, a materializarse. El valor de la obra de Alexánder no solo radica en lo meramente literario —donde posee una riqueza experimental y estilística notable— sino también en el mérito agregado que implica publicar una novela, tanto en extensión como en contenido, claramente alejada de lo usual en un país siempre caracterizado por los paños tibios.

Gracias a "El más violento paraíso", Obando pasó a formar parte de un privilegiado grupo de escritores que —al menos en teoría— deberían ser de consulta obligatoria para los escasos lectores de este país. Ahora, tiempo después, el escritor vuelve al ataque con "Canciones a la muerte de los niños", cuyo título se deriva de una de las piezas de ópera del compositor Gustav Mahler. Hasta la fecha, esta novela no ha gozado del favor de público y crítica, en la mismas proporciones que sí lo tuvo su antecesora, hecho quizá atribuible a su difícil digestión para públicos masivos, y de poca madurez.

En este nuevo texto, la temática resulta menos dispersa en comparación con "El más violento paraíso"; el peso argumental e inventivo es menos fragmentario y recae sobre tres personajes: Lucy, Cachi, y Sergio, los cuales son —para el lector que ha profundizado en la literatura de Álex—, viejos conocidos. El crecimiento narrativo, la estructura y en términos generales, la elaboración del relato, son piedras angulares; no obstante, la intención sigue siendo la misma: romper cráneos con el hacha de la narrativa. Obando reafirma su coherencia, sin dejar de lado su inconfundible desparpajo verbal, y, adicionalmente, supera los yerros que por falta de una revisión filológica rigurosa (u otras circunstancias apremiantes, incluido el foliaje) calaron en la versión de "El más violento paraíso" publicada bajo el sello Perro Azul (la obra fue posteriormente reeditada por Lanzallamas).

La concepción inicial sigue siendo la misma, es decir, descripciones urbanas que se presentan como espejos de la realidad costarricense y que incorporan fragmentos o episiodios vampirescos y nihilistas. Esto no implica que se recurra al odioso afán de buscar la identidad tica a partir de la novela actual pues la obra de Obando se recuesta más bien, como es su costumbre, en la sátira.

El planteamiento de "Canciones a la muerte de los niños" refuerza la intención que tiene el autor de romper estructuras, si bien Obando apuesta esta vez —como se adelantó— por un estilo más lineal. Cabe señalar que esto no implica que abandone por completo la dinámica collage que ya le vimos en su primer novela (todo un "Desayuno Desnudo" de William Burroughs). A pesar de estos guiños al pasado el lector no se pierde ya que existe un claro hilo conductor que va por debajo de toda esa experimentación y que resulta ser el vínculo entre los tres personajes principales.

... la intención sigue siendo la misma: romper cráneos con el hacha de la narrativa.De buenas a primeras esta relación entre los protagonistas podría parecer el relato de una simple orgía eterna sin son ni razón. Sin embargo, nadie como Obando ha logrado todavía fotografiar a la juventud actual de esta manera. Es evidente que para el autor esta juventud tiene potestades dionisíacas, pero una lectura más cuidadosa de estas secuencias altamente sexuales nos insinúa que las mismas representan la furia y la ambición con la que los jóvenes enfrentan el mundo actual.

Altibajos los hay, y variarán, claro está, según cada lector. A mi criterio los intentos fallidos de burlarse tanto de la cultura culturizante (valga el término) que ya había sido cacheteada en "El más violento paraíso" terminan siendo puntos distractores e innecesarios. Ya habíamos atestiguado estas situaciones embarazosas y escatológicas antes. Uno como lector disfruta más cuando Alexánder Obando hace lo que sabe hacer, es decir, escribir bien y dejar de lado las dosis de ácida sátira tanto para él mismo como para su medio literario por los premios que no le han concedido y quizá nunca le vayan a conceder.

Durante la lectura de los dos libros de Obando me pasaba por la mente que lo que estaba leyendo no era un novela propiamente dicha, sino un cómic. Digo esto por la forma en como el autor añade y conjuga elementos nuevos en nuestra panorámica literaria como lo son la ciencia ficción, los vampiros, las orgías, las referencias a la mitología griega, etc. Este panorama tan colorido y abierto hasta el día de hoy solo se lo he leído a él.

El mismo Alexánder me ha confesado que tanto "El más violento paraíso" como "Canciones a la muerte de los niños" son un esfuerzo por sacar a la literatura contemporánea costarricense del aburrimiento en el que (según su criterio) ha caído. Obando espera haber expandido esta intención en su segundo libro, con la idea de que ojalá futuras generaciones de escritores compartan la misma senda. Yo mismo, como lector y escritor, debo agradecer el gesto. Gracias gordo, por ponerle el pecho a las balas.

Ahora solo esperamos el cierre de la trilogía. Le guste o no a todos esos señores de la "cultura", Alexánder tiene todavía muchos proyectos en camino.