“Hipotensión – shock – coma – muerte”. La frase es una premonición adecuada, que de ello no quepa duda. Los cuatro vocablos se suceden con fiereza, con cruel exactitud, sirviendo como un retrato escrupuloso de la obra que les acuña. Valdría entonces citar lo que otros dicen, cuando el trabajo propio se confiesa endeble ante el volumen mayestático del texto que se intenta analizar: “... la literatura no debe divertir ni entretener ni enseñar ni dejar morales ni moralejas. La literatura no tiene función de nada, ni el deber de nada. El arte no tiene deberes salvo, acaso, el de desobedecer, incomodar, inquietar”. Si lo redactado por la pluma de Melvin Campos tiene algo de cierto, la prueba definitiva la sostengo entre mis manos: El Diluvio Universal, primera novela del escribidor costarricense Guillermo Barquero.
Entrar en este libro con la ilusión de entretenerse, de crecer, de relajarse, sería un error mortal que no en raras ocasiones crearía en el ingenuo lector un trauma que le alejaría de manera definitiva de ese extraño acto de la lectura. Sí, esta no es una novela para ser disfrutada al calor de una taza humeante de chocolate, frente a la chimenea. En cualquier caso, más parecería una clase de español que choca de frente con el siempre bien ponderado instinto de venir a pasar el rato. La advertencia queda en el aire, pues: entre bajo su propio riesgo.
El peligro queda latente desde el título mismo. Si una virtud inevitable posee el juego interminable de metáforas de esta novela es precisamente su inobjetable capacidad de envolver al leyente, de asfixiarlo, de tejer a su alrededor una telaraña de palabras que de a poco consumen el oxígeno; y el diluvio te ahoga. Leés, te sumergís en el laberinto sin salida del doctor Rafael Martínez, protagonista de la obra y, sacando provecho del desconcierto omnipresente, el agua repta por tus fosas nasales hasta tomar por sorpresa tus pulmones, y te ahogás.
El libro es, además, una oda a las obsesiones, en primicia por el cuido meticuloso del lenguaje utilizado por Barquero; cada vocablo, cada frase, cada uno de los inmensos párrafos —“Memo más hijodeputa”, recuerdo haber pensado mientras me arrastraba por un párrafo, cerca del final de la obra, que abarca nada menos que 13 páginas— está elegantemente construido, apoyado en un timing que roza la perfección durante las 290 páginas de esta novela que vio la luz en la agonía navideña del 2009, bajo el amparo del sello Perro Azul.
La trama... ¿Importa la trama? Habría que decirlo: la historia aquí es lo de menos. El doctor Martínez, mencionado anteriormente, fue un estudiante privilegiado, obsesionado —de nuevo, la palabra mágica en este aciago viaje— con ser un científico de reconocida fama, que coquetea con la grandeza al tener contacto con institutos investigativos del primer mundo, al tiempo que consigue su título de Doctor en Ciencias. Engendrado dentro de una familia marcada por el dolor y el abandono —hermana suicida, padre ausente—, se refugia en su herencia, el cariño de su abuela y, eventualmente, en el amor de su esposa. Un accidente fatal, sin embargo, lo priva de su familia, perecida en el acto. Y entonces comienza el mundo a cerrarse. La miseria, el hambre, el alcoholismo, el dolor, el dolor, el dolor de estar vivo.
A partir de esto, Barquero se enfrasca en un relato opresivo, asfixiante, sobre los días lentos e impregnados de un olor a nicotina húmeda de Rafael; una narración que se aferra al lenguaje mismo y a la interioridad corpórea y psicológica —no es extraño, por ejemplo, topar con descripciones detalladas del interior de la nariz de Rafael, para expresar un determinado sentimiento en relación al mundo exterior; Barquero hace esto con la propiedad que le permite su título de microbiólogo— del protagonista para exponer la aridez del ser.
Una mirada fría y visceral a los extremos más paupérrimos de una existencia erosionada por completo de esperanza que expone, como lo decía Rodrigo Soto en la presentación del libro, una maquiavélica conjunción de puertas sin salida: Dios y la Ciencia, enemigos por naturaleza, que se ausentan de la mano cuando más se les necesita.
Leer El Diluvio Universal no es una tarea sencilla. Escribirla, puedo estar seguro, tampoco lo fue. Arriesgada, depurada, aplastante. Es matricular con el profe más duro, a sabiendas de que, si me saco un 5, al menos fue con el más temido por todos. Guillermo, y esto se evidencia en toda su narrativa, es un escritor sin miedos, al que no le tiembla la mano de irse all in en la apuesta. Recordemos lo citado al inicio de este texto: “... el arte no tiene deberes salvo, acaso, el de desobedecer, incomodar, inquietar”. Pocos lo hacen con tanta propiedad como él.
Título: El Diluvio Universal
Autor: Guillermo Barquero
Disponible en la Librería Universitaria.




), espero algun dia ver una reseNa en la que ud y alguna obra suya sean el tema de la misma, con esa pluma da gusto leerle, o como dice la doble D (Diego Delfino), es un gusto, un gusto ver buena pluma a bordo del barco azul, linda manera de arrancar mi maNana.
Fuerza 








