Consolidando una relación de afecto.
Bajo una lluvia intermitente, miles de personas ingresaron la noche de este lunes 12 de setiembre al Estadio Nacional para disfrutar la segunda presentación en Costa Rica del cuarteto californiano de rock alternativo Red Hot Chili Peppers. Algunos, días después de hacer fila, y otros que llegaron cinco minutos antes de iniciado el recital, vivieron, todos por igual, una experiencia musical que al día de hoy sigue resultando muy atractiva y rica para los más variados públicos de la esfera terráquea.
Con precios que oscilaban entre 17 y 45 mil colones, las entradas al chivo de los Peppers se vendieron bastante bien; lo comprobaba esa inmensa masa de cabezas que se reunió en las cercanías del estadio tanto para el previo como luego de terminado el espectáculo. Eso, sin contar la gran cantidad de gente que vivió el concierto afuera de las rejas que reguardan el recinto. El poder de convocatoria de los pimientos rojos es abrumador.
Pero, ahora que estamos con la cabeza fría y podemos pensar más claramente, ¿podemos decir que valió la pena el derroche de dinero, energía y tiempo? Es relativo; las opiniones, por supuesto, se irán por los más variados paisajes.
Tantas cosas se dijeron al final del concierto. Que la gente estaba muy apagada, que el chivo duró muy poco, que tocaron lo suficiente pero mucho del nuevo disco, que los frescos a dos rojos, que el nuevo guitarrista no es John Frusciante, que la lluvia previa, que el rebote de sonido, que el chiquero a las afueras del estadio, y que el parqueo a diez papeles. En tiempos en que el "wall" de Facebook es el equivalente a la Página 15 personal de cada uno, ¡hasta los que no fueron al concierto tuvieron algo que opinar! (No que haya algo malo con eso.)
Vamos al recuento de los hechos.
Keep the Gap fue la banda nacional encargada de abrir el concierto. El cuarteto de pop rock llegó a la tarima del Estadio Nacional (ubicada en esta ocasión a mitad de la gramilla) luego de ganar una contienda impulsada por un periódico nacional. Una vez que el diario escogió a las bandas que pensaba harían buena labor en el evento, enviaron una lista de 5 agrupaciones al management de los Peppers para que escogiera su favorita.
Fue así como los hermanos Pauly (Michelle, voz, y Adrián, guitarra), Gustavo Quirós (bajo) y Rodrigo Chaverri (batería) salieron, al ser en punto las ocho de la noche, al escenario, tocando "The Curse of Tech Gods" frente a un público en que 9 de cada 10 personas ni siquiera había escuchado el nombre Keep the Gap. Por lo tanto, en cuanto a percepción, sus primeros minutos en el tablado pueden considerarse como incómodos.
Pero la media hora de los nacionales fue un trabajo en progreso. Al cabo de la tercera canción, muchos de los que al inicio los abuchearon y gritaron "¡Peppers, Peppers!" ya habían cambiado de opinión y se mostraban atentos a la música del cuarteto, que en su mayoría tocó gran parte de su nuevo material discográfico, el EP The Curse of Tech Gods, que desde hace unos días venía dando vueltas en la red. De ese material tocaron "It's Funny Because It's True" y "Officially Not Funny Anymore", entre otras, que mezclaron con una de su cancionero previo, "Roadkill", y una inédita llamada "Tightrope".
Y, si bien al inicio Keep the Gap no sonó tan bien, notándose a Michelle Pauly hasta un poco desafinada, les fue muy bien atrayendo a una porción del aforo que gustosa se interesó en su música. Nadie tiró botellas y no hubo más que el típico "insulto" del conciertero promedio que no conoce el respeto. Solo un sonido encajonado que parece ser el "precio a pagar" por el favor que le hacen la productora y la banda internacional al telonero.
"Gracias por ponernos atención", dijo, muy honestamente, la cantante de la banda antes de despedirse. El sonidista, probablemente con una risa maléfica, cambiaba en ese entonces un switch en su consola de "banda nacional" a "artista internacional", previendo mejoras sustanciales en el sonido de ahí en adelante. Muchas productoras se excusan en que esto de darle un mal sonido a la primera banda se hace por solicitud del artista internacional, que siempre busca ser el que suena mejor. ¿Será posible que artistas de talla mundial tengan tan baja autoestima?
Unos minutos más tarde de lo previsto, las pantallas laterales y la central reflectaron la portada de I'm With You, el décimo y más reciente álbum de los Red Hot Chili Peppers, poniendo a borde toda emoción por parte de uno de los públicos más diversos que se hayan visto en un concierto de rock de esta magnitud.

A las 9:12 p.m., sin mucha cosa, los Peppers se subieron a la tarima. Chad Smith, vestido de rojo, probaba batería mientras Flea, con su cabello morado, y Josh Klinghoffer, con su porte relajado, se colgaban bajo y guitarra, respectivamente, para darle con todo al chivo. El mítico Anthony Kiedis, portando la ya quemada gorra de la banda OFF!, tomó el micrófono, dijo "check, check, check" y la distorsión de "Monarchy of Roses", el primer tema de su nuevo disco, marcó el inicio de un concierto lleno de matices.
Como la canción no es conocida por todos ni tampoco es tan inmediata como muchos de los éxitos del grupo, la bienvenida fue un tanto tibia en cuanto a vivencia en gramilla. Cierta gente gritaba y cantaba, pero fueron los menos. Como introducción es soberbia, al igual que en el álbum, y en el momento en que explota el primer coro quedan atrás todas las dudas de si los Peppers, luego de tantos años, se han ido oxidando: ¡todavía tocan como en Woodstock luego de consumir peyote!
Al paso de cinco minutos, aquellos que no disfrutaron tanto el arranque no podían quejarse. Una épica introducción ascendiente en volumen y energía dio paso a la bestial "Can't Stop", uno de los más grandes éxitos de la banda en su época post-Californication (el disco de los tipos que todo el planeta ha escuchado y considera un hito). Finalizando el tema, Kiedis pegó un alarido inmenso y dijo "¡Buenas noches!", calentando bastante al público.
Pero las interacciones de la banda con los que pagaron la entrada fueron escasas en cuanto a contenido. Más allá de la música y lo que representa para cada uno de los presentes, que a fin de cuentas es lo que más importa en un concierto, no se sintió como que hubiera buena química en la comunicación tarima-estadio.
Otro tema de su repertorio reciente, "Tell Me Baby" (parte del doble elepé Stadium Arcadium), calentó a los más jóvenes, culminando la tonada de forma sumamente enérgica en uno de los momentos más matizantes del chivo. Luego, una secuencia de eventos inesperados brindó el primer instante célebre del chivo, uno de los pocos en que todos, al mismo tiempo, se soltaron y formaron parte de la hermosa colectividad que representa un concierto de cualquier tipo.
Al final de "Tell Me Baby", Kiedis se refirió al público como "hermanos" y en un guiño bidireccional lanzó el comentario más memorable de la noche: "Yo solo quiero decir que gracias a China por el estadio". Unos tantos abuchearon —no al músico sino al país— y otros aplaudieron. Lo que definitivamente todos sí hicimos fue reír; nadie esperaba ese comentario, ni mucho menos que, como para ponerle la sombrillita a la piña colada, lo hiciera antes de "Under the Bridge", tema harto conocido que nadie pudo más que corear abrazado de sus amigos.

Uno de los grandes problemas que tuvo la presentación de los californianos fue Josh Klinghoffer, el nuevo guitarrista. No me malentiendan. El tipo es un guitarrista de primera categoría y, de hecho, en ese campo reemplaza tremendamente bien al talentoso John Frusciante (cuya partida de la banda se dio justo antes de I'm With You), dándole un estilo único y auténtico a sus composiciones. Pero, a pesar de ser un genio con las cuerdas y de agregarle una presencia mucho más sucia y cruda al grupo (algo que aplaudimos), sus coros fueron un tanto desastrosos.
El asunto es que Frusciante, además de guitarrista de puta madre, es un cantante muy fino que le daba muchísimo peso a las composiciones vocales de la banda, algo que Josh todavía no maneja del todo bien, por lo que en micrófonos a veces sonó ralo. Probablemente apenas se está acostumbrando a ser el guitarrista principal de los Peppers (recordemos que en conciertos pasados ya los había acompañado como guitarrista rítmico), por lo que tiene el beneficio de la duda.
Pero recalcamos: con su lira se lució, en especial en canciones del nuevo disco, donde participó en el proceso de composición, definitivamente aportando mucho al sonido de la banda. Fue por ello que cuando mejor sonaba era en canciones como "Goodbye Hooray", "Factory of Faith" y el sencillo reciente "The Adventures of Rain Dance Maggie", que, por supuesto, era la que la mayoría conocía.
Ya avanzado el concierto, los clásicos llegaron para quedarse. Realmente nos chinearon con canciones que muchos pensaban era un sueño de opio escuchar en vivo, además de alargar un poco más el setlist, en comparación a lo que venían tocando en otros países. Algunas de esas piedras preciosas de las que disfrutamos fueron "Otherside", "Universally Speaking", "I Like Dirt" y la siempre hermosa "Soul to Squeeze".
El niño de 10 años que estaba al frente mío no sabía ni dónde meterse cuando tocaron "Otherside". Rockeó como si hubiera sido poseído por el mismísimo Belcebú en afrodisiacos, afirmando que, en efecto, las canciones del Californication fueron referentes comunes en todos los presentes.
Muchos se preguntan porqué con canciones más viejas, muchas consideradas emblemáticas de la banda, el público siguió mostrándose tibio. Pues, es sencillo: Red Hot Chili Peppers, con casi tres décadas tocando, ha logrado darle tetica a los de vieja escuela en sus etapas más frenéticas y creativas, mientras que, con su material de los últimos diez años, ha cautivado sobremanera a un público más joven que verdaderamente se siente identificado con las canciones del By the Way para acá, pues son las que más han escuchado y la razón por la que se enamoraron de la banda en primera instancia.

Guardando la carnita para el final, Kiedis y compañía sorprendieron a todos con el primer cierre del concierto. Luego de "Did I Let You Know", una suculenta selección de canciones se trajo abajo el estadio, quizá en la participación más activa e intensa del aforo. Y no era para menos, ojo a la seguidilla de himnos: "Higher Ground" (el fortuito cover de Stevie Wonder), "Californication" (con el que las pantallas mostraron una animación de rechupete, sin duda la mejor del concierto) y "By the Way" (en un momento cumbre en que hasta una rueda decente se armó; ¡¿alguien pasó por alto el sonido del bajo en esa canción?!).
Posteriormente, los Red Hot Chili Peppers salieron de la tarima por primera vez. A pesar de haber tocado 15 canciones hasta ese momento, muchos sentimos que todavía era muy temprano para salir, pues tan solo había pasado hora y veinte minutos. Lo que sucede es que los Peppers no son de esas bandas que agregan largas partes innecesarias a absolutamente todas sus canciones (algo que se agradece en demasía) ni dan mucho chance a la improvisación; tocan las canciones tal cuales y no pierden mucho tiempo. Como dijimos antes, tampoco hubo mayor interacción con el público, presentando un concierto que va directo al grano y en el que la música tiene la última palabra.
Al paso de unos cinco minutos fuera del escenario, subió a su batería y saludó al público el siempre carismático Chad Smith. A su lado, Mauro Refosco en percusión le añadía peso al solo de batería que al rato se combinó con la instrumental "Dance, Dance, Dance" en un momento de pasividad musical en que tanto Smith como Klinghoffer destacaron.
Para cerrar con broche de oro se devolvieron a 1991 y complacieron a los fanáticos más viejos con una trinidad gloriosa sacada del Blood Sugar Sex Magik, la etapa más "en tu cara" del cuarteto. El funk rapeado de "Sir Psycho Sexy" y el cover de "They're Red Hot" (de Robert Johnson), representando el final del aclamado álbum noventero, fueron como una avalancha de sonido. Los más experimentados quedaron en shock y se soltaron a cantar a galillo pelao', mientras que los más nuevos probablemente quedaron con el paladar abierto de la fascinación al ver a la banda en una faceta que no le conocían.
Como es costumbre en los conciertos de Red Hot Chili Peppers, el final definitivo vino con "Give It Away", una última oportunidad para que la gente se desmadrara. 95 minutos después de iniciado el chivo, Flea tomaba el micrófono, se despedía de la gente y caminaba tras bastidores, aun cuando gran parte sentía que faltaba más música por sonar.
Pero, dejándonos de varas: los Peppers dieron un buen concierto el lunes en Costa Rica. No celestial, no fenomenal; bueno. Cumplieron su labor en buenas condiciones y eso basta para esperarlos nuevamente otra década, si es necesario.
Las fotos son del Facebook de Evenpro. 89decibeles no recibió acreditaciones para cubrir el concierto. Nuevamente, solo con Evenpro lamentamos este trato... ninguna otra productora especula con este tema o nos dificulta nuestro trabajo de esta forma. Sí, en pleno 2011.






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y por ahi vi un extracto del concierto por Noticias REPRETEL y no me agradó)




























