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Se parecía a Madrid

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Se parecía a Iker Casillas.

No sé ni su apellido y buscar a un Juan en España, es complicado. Pero sé que se parecía a Casillas. Recuerdo eso y su olor.

Eso y su sabor.

El sabor del chaval que se parecía a Iker Casillas.

Era dulce, como un turrón de navidad y sus manos eran suaves. Recuerdo eso y el tamaño de lo que sabía usar. Sus manos, su espalda, su boca, sus ojos verdes como aceitunas... Su actitud de parcero.

En 24 años yo nunca había tenido un ave de paso, nunca había traído a nadie a la casa, nunca merendé y desperté en mi cama, nunca así.

Nunca me había encandilado una luz como la suya: la luz de neón que, lejos de ser mi favorita, ilumina en las noches oscurísimas que dejó la Bajura que nunca fue lo que pudo ser el Cerro.

Por eso, él era Mediterráneo; y él Atlántico. Él era el Casillas que le hizo el paradón a Holanda; el Madrid al que huyó Chavela.

Él es Madrid.

Y no llamará y no lo encontraré. Y no llamaré y una Andrea en España no aparecerá.

Pero iremos, de nuevo, a los mismos lugares en los bares y coincidiéremos y cuando esté sobre mí, le oiré decir, de nuevo, que me ama, porque es la chica triste que me hace reír.

Porque el chaval tiene problemas pero ¿quién soy yo...? No es la única ave de paso.

La vida es así: llegamos a dónde y a quiénes llegamos, cuando tenemos que llegar.

Dios nos hace y el diablo nos junta.

Yo me parecía a Iker Casillas.

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