Por fin pasó. Después de poco más de un año de espera, y sin que casi nadie supiera de mi creciente angustia, en cuestión de un mes se destapó la noticia de que me venía a estudiar a Alemania por un tiempo. No obstante, tuve que esperar otro rato más para saber a cuál ciudad iba y, lo peor, al menos para mí, cuándo. Fue así como recibí la noticia de que el 2 de abril de este año tenía que estar en Münster para empezar el curso de alemán, porque “ich spreche nur ein bisschen Deutsch”. Con dos semanas de anticipación. ¡Dos semanas! Gracias, DAAD. Y lo más encantador fue tener que disponer de esos últimos días para hacer trámites de visa, títulos, bancos y demás burocracias. Ah, y dar clases... Sí, no. Por dicha mi último fin de semana en Costa Rica coincidió con el Festival Imperial, buen momento para practicar el valeverguismo. Hay que tener claras las prioridades. Estuvo tan hermoso que en serio todavía no me lo creo, aunque ahora, a la distancia, lo siga saboreando. De principio a fin, antes y después. Ya no es lo mismo oír a Björk, o a Flaming Lips, o a TGW, o a Bomba Estéreo, o a Gogol Bordello, por mencionar algunos puntos clave.
Pero bueno, el caso es que después de dos semanas fuertemente conmocionadas, desenfrenadas y ocupadas, las que sólo pude sobrellevar tras sumirme en un estado de irrealidad y negación, llegué a Alemania a combatir el jetlag como las grandes: siga recto y aguante hasta que se vuelva a hacer de noche en su nuevo lado del mundo. Estaciones de tren, supuestamente clarísimas y detalladas, demasiado primer mundo para mí. Igual logré montarme en el vagón correcto, definitivamente la suerte me acompaña. Curso de alemán. De una vez. Siga con las burocracias alemanas: inscríbase en la municipalidad, extienda la visa de estudiante, abra cuenta en el banco. Piense alemán. Vomite alemán. Conozca a su nueva familia alemana. Bueno no, sólo que durante estos seis meses me toca vivir en la casa de los Berthold-Bastrop. ¿No quería tener hijos? Tome, aquí le prestamos tres. La saturación total. En todo sentido.
En fin, no he tenido chance ni para respirar ni pensar. Pero ahora caí en los feriados de Pascua. Y zas. Algo que nunca había sentido. Una irremediable sensación de haber sido “arrancada”. La analogía es fácil, claro, me sacaron, o me alejé temporalmente, de mis raíces. Pero es más profundo y la verdad no sé muy bien cómo explicarlo, sólo sé que es un sentir orgánico, desde lo molecular hasta la punta de los dedos y el pelo (que ahora es tristemente lacio). Y no es una queja. En lo más mínimo. Me alegra y me alivia sentirme gravitacionalmente atraída a lo que es mío, a lo que me pertenece. Tampoco es que de repente me convertí en una devota de la patria o algo así. Es sólo que soy una persona que construye nidos y un nido de 29 años de edad pega duro. Además es un nido genial: ventanas con historia, asfalto mojado, los mejores desayunos, domingos de sobremesa, rutina-de-Bela-de-memoria y libros de cocina amontonados. Otra cosa que no busco es irme de cabeza en la nostalgia. No. Nada más me reconforta que el sentido de pertenencia cale, porque así puedo ver todo lo nuevo, lo maravilloso y lo repulsivo, sin trastocar mis espacios y mis caminos originales.



Qué intenso. Suerte por allá. 








