La primera vez que fui a la Semana U aún vendían cerveza. Aquello -la verdad- era demasiado desmadroso para mi gusto. Preguntarle a un borracho dónde queda la facultad de agronomía, cruzar la u recordando las historias maternas de las muchachas violadas entre los bambúes y todas las leyendas urbanas que mezclen guaro con estudiantes apenas saliendo de la pubertad. Yo tenía 16. Lo recuerdo muy bien porque esa misma noche tuvimos que inyectar a mi perro porque había sido atropellado y no había forma de salvarlo. El mismo perro que nos llevaron como ganancia cuando mi papá se fue. A él no le gustaban los animales. No haré bromas, mejor.
Eran los tiempos en los que estaba El Jardín del Pulpo en La Calle de la Amargura. Creo que la calle ni siquiera se llamaba así aún. En El Pulpo un año después compartimos historias cortazarianas con escritores que maldecían a los burócratas cuando los encontrábamos después de amanecer. Añejos nosotros y desempleados; encorbatados ellos, rumbo al trabajo. Era el tipo de gente que aparecía en El Pulpo por razones que no tenían mucho que ver con el rock que salía por los parlantes del bar: El Pulpo era la decadencia y por lo tanto, la obligación intelectual era pasar el tiempo ahí.
Pero también estaba El Café de los Artistas: el único lugar donde ponían Depeche Mode, The Smiths, Soft Cell y de vez en cuando complacían con "The Promise" de When in Rome (un chiripazo). Como era novata y siempre he sido algo light, esa canción me encantaba. Lo mismo que "A Little Respect" de Erasure. [Aprovecho para madrear a quien me haya robado ese casete de Erasure "Pop! The First 20 Hits"]. También por eso no les puedo mencionar otros grupos. Siempre he tenido mala memoria y no he sido fiebre de un género en especial.
Engañando al portero, entré algunas veces a El Café. Si vendían drogas o no, me daba igual. Para esas situaciones, mi cara de yo no fui siempre ha funcionado. Por eso me salvaba también cuando a Juan Diego Castro se le ocurrió mandarnos a la UPD todas las noches un par de años después, para "protegernos de los peligros de las calles". A Castro, José María Figueres le había dado tanto el Ministerio de Seguridad como el de Gobernación y Policía, o sea, un sueño represivo hecho realidad y además ¿por qué no? después pasó al Ministerio de Justicia, de donde tuvo que renunciar por un chorizo con armas aunque Chema llorara). Los agentes de esta Unidad "Preventiva" del Delito (convertida luego en el Centro de Información de la Fuerza Pública) se tomaba funciones que no le correspondían pero además, nos echaban el cuento de que arrestarnos para irnos a tirar a Cristo Rey quitándonos el dinero, las cadenas y los tennis era por nuestro propio bien por ser menores de edad. Pues bueno, mi cara también me salvó de esas.
En esa época nos cerraron todos los bares y cerrar un bar era un acto político (no fue casualidad que El Pulpo albergara por un tiempo una comisaría). Todos eran pocos pero eran todos. El Pulpo, El Café, yo no sé si hasta Taurus (todo forma una misma nebulosa en mi memoria, porque los días transcurrían como si las conversaciones no terminaran nunca y simplemente cambiara el fondo musical: Led Zepellin, The Cure, lo que pusieran en Taurus, el ruido de botellas afuera del extinto AM-PM de Los Yoses). Huimos a El Tablado (donde ahora es el Teatro Giratablas) pero no duró mucho. Tampoco Chaplin. Nos cerraban uno a uno los bares y la condición física que desarrollamos por caminar desde Chaplin hasta El Pulpo o viceversa se fue perdiendo poco a poco. También la sensación de que podíamos caminar a cualquier hora por las calles de San Pedro sin que pasara algo más allá de una pelea entre los punks y la FAP (Fuerza Anti-Punk). No, si ¿ustedes qué creen? San Pedro fue una vez el primer mundo: la diversidad era tal, que teníamos neonazis negros y líderes punk. ¿Qué habrá sido de Moncho?
Hasta que un día, apareció José Mari y abrió CUS. Cus significaba algo tuanis en el que haya sido el idioma originario de este español. El caso es que abrió un bar cerca de la Asamblea Legislativa (al lado de Acapulco) con algo que jamás habíamos visto: un lounge. La casa vieja de madera quedaba genial con distintos ambientes en las habitaciones y la barra del bar era de lujo, como sacada de una película española de los cincuentas. Y atrás, José Mari techó el patio y puso una sala de conciertos. El Parque (me contaron, porque soy light pero no tanto), Flores Muertas, y las Hormigas en la Pared hicieron conciertos memorables. Más de un amigo se quebró la nariz en el mosh. De hecho uno de ellos salió corriendo al hospital pero después regresó para tomarse unas birras y mostrar el trofeo de guerra.
Pasamos tiempos locos en ese bar. A la salida alguna vez un genio me invitó a dormir en El Bristol (y claro que lo mandé a buscarse alguna que estuviera ebria y no tuviera mi cara de yo no fui). Pero lo que mejor recuerdo y casi extraño, era ese momento en el que el sudor dentro de la sala era tanto, pero tanto, que se evaporaba y volvía a bañarnos como si fuera lluvia. Por supuesto que era un asco, pero con la nostalgia me da por recordarlo como ese momento mágico en el que todos los ADN se unían en una misma nube molecular y nos mezclábamos todos con todas, juntos y revueltos en un solo vapor de agua.
Pero por supuesto, también cerraron CUS. Éramos pobres estudiantes que no podíamos pagar muchas cervezas. Tampoco sé qué fue de José Mari, ni de Misterio (el gran amigo de quien nunca supe el nombre, porque en ese tiempo esas cosas no tenían importancia).
El que nunca cerró fue Sand. Pero ahora ponen Mötley Crue y nos da náuseas.
¿Quién sabe de dónde era este lavatorio?







y recuerdo sus historias épicas.























Y si era asquerosa la lluvia de sudor de Cus 







