
Varias veces me ha sucedido que sueño algo muy particular, pero por algún comportamiento recurrente de mi cerebro, simplemente a las pocas horas lo olvido todo, quedo nada más con un sentimiento fuerte de haber vivido algo horrible, maravilloso, increíble.
Hoy no me va a suceder.
Anoche estaba yo en tareas rutinaria de trabajo, el sol estaba en la parte mas alta del cielo, tenía un poco de sed, el suelo seco y polvoriento y ya venía la vieja locomotora. Me la topé por casualidad, en ella venía el capataz, un señor de unos sesenta años, gordo, con bigote largo y blanco humedecido y manchado con café, también venía la cuadrilla, unos seis o siete, algunos extranjeros, algunos nativos, todos arropados con prendas grises y manchadas con una mezcla entre grasa y tierra. La locomotora no trae vagones, trae una especie de plataforma para transportar maquinaria, en este caso venía sin maquinaria de modo que esta fue nuestro vagón. Todos nos subimos en ella, nos sujetamos fuerte de los cables grasientos, ellos mas confiados y acostumbrados a su trabajo, yo con miedo pero aparentando la misma seguridad.
La máquina empieza a moverse, logro ubicarme primero por ser el lugar donde trabajo y mas adelante por ser el lugar donde siempre he vivido, sin embargo conforme pasan los minutos la velocidad aumenta hasta que se hace difícil ver las cosas pasar, una especie de paso a otra dimensión. Logro ver adelante que vamos a pasar por un túnel lleno de bejucos, hace mucho tiempo no pasa una locomotora por acá, sin embargo, la maquina los corta y elimina sin problemas. Yo me agacho y encojo, los demás se burlan de mi y cruzamos el túnel sin problemas, veo atrás, el túnel es el cruce a través de un árbol gigante.
La máquina empieza a detenerse poco a poco hasta llega a una especie de caverna, los rieles entran en ella, muy despacio y sigilosamente el capataz revisa las paredes con una linterna, logra identificar lo que suponían: en las paredes cuelgan esos extraños bultos, tienen una forma de toroide alargado y voluminoso de color marrón brillante y rojo casi sangriento, miden unos cuarenta y cinco centímetros y parecen respirar. Los demás lo ven acostumbrados, yo los veo y no se que son, supongo que puede ser la excreta de algún animal o una especie de hongo dañino para las actividades ferroviarias.
Se activa el protocolo, al final de la caverna existe una especie de puesto de control donde termina la línea férrea, nos dirigimos a el caminando, para entonces no hay novatos ni experimentados, esto no lo ha visto nadie mas que el capataz. Saca de su bolsillo una hoja en blanco en la que hay dibujados cuatro símbolos. El puesto de control es una especie de altar, sobre el hay ocho piezas de madera medianas erguidas semejantes a tótems, talladas cada una de ellas con símbolos, cuatro de ellos son los que el capataz tiene dibujados en su hoja, ha de ser un especie de contraseña. En efecto, el capataz pide un bastón y golpea de izquierda a derecha los maderos que indica su apunte, le pide a uno de sus compañeros que tire de la cuerda de la derecha y de manera mecánica el altar cambia su forma dejando ver lo que hay debajo: muchas cartas escritas por los trabajadores que construyeron la vía, fotografías antiguas, muchas imágenes de santos y santas, identifico a la virgen maría, la virgen de los ángeles, santos negros, un canasto con pequeños cráneos hechos con arcilla, velas encendidas, rosarios, estampas con oraciones, banderas de Costa Rica, medallas, monedas y recipientes con condimentos. Yo estaba muy interesado en lo que estaba viendo y me concentro en una fotografía en blanco y negro, en ella cuatro trabajadores se abrazan y posan sobre la línea, uno de ellos tiene un pie sobre un riel como quien doma la bestia. Me atrevo a tomar una foto, elijo un cráneo que está fuera del canasto.
Ya para entonces el único interesado era yo, los demás se habían ido porque era hora de almorzar, decido salir de ahí, no quiero estar solo. Antes de salir veo que una parte de condimento sobre el altar se enciende como si fuera pólvora y corro despavorido.
A la salida de la caverna me alcanza el fuego, vivo, raso, corre, nada mas quema la hierba seca por el verano y se extingue, pero parece que camina. Yo estoy frío del miedo, mientras los demás se burlan sentados bajo la sombra, comiendo arroz, frijoles y ajuste, la hora de almuerzo es sagrada.










