A ver, no quiero sonar pretenciosa porque comprendo que es otro nivel irrepetible, pero por unas horas (bastantes de hecho), estos dos últimos días pasados tuve una pequeña noción de lo que pudieron sentir los millares de gentes que se juntaron en una fiesta musical parecida, hace décadas, que se llamó Woodstock. A continuación, una breve reseña porque, de verdad, no hay palabras.
Día Uno
De entrada, la música. Llegamos a tiempo para ver a The Great Wilderness que pusieron en trance a quienes las escuchábamos en la tarima del bosque. Lindas las chicas, chiva su música y, tal vez lo más importante, con un carisma rico, de esos que se palpan entre la audiencia cuando se dirigían a ella.
La organización, impecable. Confieso que el viernes sentí un poco de duda cuando en redes sociales hubo quienes empezaron a arremeter contra la asistencia.Muchos pronosticaban un rotundo fracaso y cuatro gatos. En serio, me la creí, pero nada más para llegar el sábado y toparme con un mar de gente que se movía precisamente en olas, de un lado para el otro en el autódromo. Muuuuuuuuuuucha gente, océanos de gente. Ah pero, grata sorpresa, todo muy fluido, súper ordenado, todos y todas tomándose sus birras con tranquilidad (les juro que no vi a una sola persona borracha-feo) y se sentía seguridad. Bien, muy bien; se lucieron.
El hornazo. El hecho era predecible, claro que sí; la intensidad no. Mi hermana iba con dolor de cabeza (mitad porque no quería ir, mitad porque la llevaba a la fuerza) y tras unos minutos en “la boca del horno” el dolor desapareció. Tómela, pastilla de acetaminofén. El asunto es que una nube perenne de cannabis (de la buena, por lo visto) nos acompañó toda la tarde, especialmente durante el concierto de Cypress Hill (que, dicho sea de paso, puso al gentío a brincar, sin importar si se sabían o no las canciones). Yo brinqué. Mucho.

Perro, rico, sucio, arrastrado de la calle. Sí, obvio que hablo de Adam Levine. Ese muchacho simplemente no es de Dios. Todo en él grita pecado, lujuria, sexo y otra cantidad manejable de pecadillos veniales. El concierto, in-cre-í-ble, así de sencillo. La locura total de cuantas viejas estábamos coreando al chito y más de una con aquel mariposeo entre las piernas. Él me merece.
Día dos
Los chigüines. Ok, honestamente el día anterior también fue como una inspección de campo a ver qué tan heavy estaba el ambiente como para traer a los cachorrillos. Mi hija y mi sobrino tenían cuenta regresiva desde hacía un par de semanas para ver a los LMFAO. Decidimos que donde nos habíamos ubicado del día anterior (en medio de las dos tarimas principales, cerca del bebedero y de los baños) era ideal para el día dos.
Llegamos más tarde que el sábado, pensando en que los enanos no estuvieran tanto rato esperando, a riesgo de que se nos aburrieran antes de tiempo. Nos perdimos a La Mala, que dicen que estaba más bien buena, y de quien se rumora se hizo sentado a un periodista en la conferencia de prensa.
Escuchamos, con mucho placer, a los de Thievery Corporation a quienes debo confesar (como Mariana) que no los conocía (pero ya los conocemos ¿ah?) y me gustaron bastante. Luego llegó Björk y todo se fue a la porra. A la porra de bien, aclaro.
I am not a whore. Ese coro, llama un toque la atención y casi cualquiera se lo aprende de una. “Catchy, catchy”, como el coro de “Sexo sin amor” pero sin el nivel de basura. Digamos que se me quedó pegado el estribillo.
Los LMFAO finalmente aparecieron y entonces sí que nos llevó el carajo a todos. Mi sobrino parecía que iba a dar vueltas en el aire: ese mae no paró de bailar y sólo minutos antes estaba haciendo cara de “vámonos ya, necesito mi cama.”

Mi hija preadolescente, que en la vida y jamás de los jamases se deja ver de la madre bailando, casi se me desarma, mi dulce princesa. “¿Ustedes dos saben lo cool que son? O sea, ¿tienen idea, de verdad, de cuánto pueden rajar mañana en la escuela?”, les pregunté, viéndolos a los ojos.
Casi estoy segura que ningunos otros tatas fueron tan irresponsables como nosotros de llevarlos a un concierto que terminaba a las 10:30pm, “on a school night”, pero PREGÚNTENME. A mí lo único que me importa es cuánto valió la pena ese rato juntos porque brincamos, bailamos, gritamos y cantamos como si el mundo se fuera a acabar y, sin tentar a los Mayas, si se acabara mañana, me importa un banano. Ya fuimos al Festival Imperial.










( si si seguro me hechan al patronato
) pero eso sería algo increible para ellos.







