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El tico a la espera del toque de queda

Blog de la comunidad

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Costa Rica: cuatro millones ochocientos setenta y dos mil ciento sesenta y seis personas, o que al menos deberían serlo. Más de cuatro millones de cabezas que se convierten en números, en votos, en clientes, en animales, en unidades… Pasaron catorce años del comienzo del siglo XXI, y si el panorama en los noventa era confuso, la situación cambió de ambigüedad a certidumbre: el desaliento vive con nosotros y la injusticia se digiere mañana, tarde y noche. Sencillo es llegar al poder y fumarse la riqueza de un país pequeño; allá los pobres que tengan que ir al cenicero a buscar los restos, pero, ¿nos hemos puesto a pensar si son los políticos los únicos culpables del cambio de chip -para mal- con el que nos ahogamos a diario? Será delirio o realidad que gran parte de la aspiración social remite al logo una manzanita, de la frívola felicidad que regalan los likes, de que los demás conozcan la idílica y apoteósica vida que llevo según las fotos que cuelgo a la red, pues, ya se ha dicho: si la vida te da limones… #vida #limones #limonada.

La muerte se asoma con cada segundo que pasa, y se nos olvidó encontrar a los amigos que nos hacen olvidar el celular, a la familia que  madura nuestros sentimientos de odio para con nuestro jefe, colega o profesor. Aun así, la sociedad nos invita incansablemente a la trivial felicidad y a la evasión de la tristeza, como si fuese esquivar un pelotazo que va a nuestra cara, y no aprendemos lo que significa estar abajo para apreciar lo increíblemente genial que puede resultar la normalidad. El ahora es la única garantía que tenemos, y la libertad no comienza en posts, tuits o snaps, sino apreciando lo que significa tener nada.

Crecemos con un lastre de que somos particulares: somos el Sol del modelo heliocéntrico, y por eso la gente nos debe su gratitud, empatía, compañía y pleitesía... ¡No! Nacimos solos, nuestros problemas son solo nuestros y si no queremos salir adelante nadie está obligado a que le interese. Eso no quiere decir que no existan los amigos y la familia, pero no se puede obviar que coexistan, en mayoría, gente para vacilar, compañeros, parientes y conocidos que no den un cinco por usted. Mas tampoco es sinónimo del “qué me importa a mí” con respecto a nuestro entorno. Vendría siendo más bien un “me importa mí mismo”, trabajando honestamente bajo nuestros intereses, sin serruchos, sin hipocresía, sin solapamiento… no esperando nada de nadie, porque el golpe duele más si proviene de gente en quien solíamos confiar.

A mis irrisorios dieciocho años puedo asegurar que el país no es un frío lugar muerto, a pesar de que lo aparente. La gente real existe, solo que en muchos casos supieron por las malas lo que significa la gente y la frivolidad actual, porque construir país no es levantar monumentos o carreteras, sino agradecer al chofer del bus que nos recibe el pase con desidia, alimentar al tiritante zaguate que pasa frente a nuestra casa todos los días, manifestar el valor de la mujer dentro y fuera de su casa, respetar al compatriota que es feliz estando con alguien del mismo género, aunque no compartamos su preferencia.

Así como la oscuridad puede llegar a ser el momento cúspide de la catarsis, existen eventos y personas reales que no se encuentran en un computador, que logran llevar  el sol con su mirada, aunque parezca que el oblivion sea el destino final de todos.  Catalogamos los días y los momentos, decidimos si un año fue bueno o no, olvidando lo relativo que significa la palabra “bueno” para otras personas, y la palabra “malo” para nosotros mismos en un futuro. Ojalá fuera tan fácil esclarecer lo real de la ficción en nuestra sociedad, así como discurrimos ilusamente lo bueno de lo malo. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano, diría Cortázar. Sorprenderse en lo grácil, desconformarse de la monotonía y creer en quien uno es sin la atadura de quién haya sido.

Porque el pasado se escribió como mancha indeleble, porque nuestras acciones cumplieron su labor de actuar sin importar las consecuencias que tuvieran, o que la responsabilidad cayera en quien debiera, y el remordimiento también cumple su función de círculo: siempre que esté presente; no tendrá final. Tomando prestadas las palabras del doctor Frankl, la equivalencia reincide en un buque que sale del puerto hasta el mar adentro. La dirección en que navega siempre es opuesta al faro, pero la mirada del capitán hacia atrás le indica si lleva  o no el rumbo correcto.

El anhelo de la montaña mientras nos ahogamos en el mar, el apetito de Sol cuando la nieve congela las ganas de bombear sangre del corazón, la exigencia de relajantes cuando la catalepsia es una parte de nosotros, las hartas ganas de insomnio cuando vivimos bajo narcolepsia… ¿Será que el camino está predispuesto? El hombre luchó contra la naturaleza, contra la sociedad y contra la tecnología. El hombre luchó contra el hombre, el hombre luchó contra sí mismo. El hombre luchó contra Dios, el hombre luchó contra la ausencia de Dios… ¿el hombre querrá luchar contra la realidad?

Aunque el camino no esté bifurcado entre el miedo y el amor, los temores encarnan los verdaderos demonios de la realidad. No por casualidad existen miles de suicidios, asesinatos, violencias e injusticias que ponen en detrimento el porvenir del país… mientras el espejo siga reflejando a nosotros y no lo que hay a través nuestro, lo accesorio y lo nimio regirá por años sin término, hasta desgastarse.