Estaba sentado en una silla de ruedas, o por lo menos lo recuerdo así. “Se llama Naydath, es hija de la dueña de esto”, dijo, abarcando con el movimiento el hotel entero. “Conozco Nadia, pero no Naydath”, dije. Me dijo que eran ucranianas, y señaló una revista que estaba encima de la mesita del centro de esa sala de estar: caracteres cirílicos. Naydath me había recibido cuando caminé desde el hotel que estaba detrás del patio del Reina Sofía, desde el que se ve el ascensor de cristal subiendo y bajando, lentamente, como en una fantasía de cuchillos calmos hendiendo la carne. Era una mujer absolutamente hermosa, parecía una muñeca: ojos azules, cabello rubio, formas redondeadas en el rostro, un cuerpo que, a pesar de la ropa que mandaba el otoño algo frío, se adivinaba perfecto, infalible. Era una diosa. El hombre entró en su habitación y salió con un traje azul, con botones dorados en las mangas. “Es de la marina”, dijo, o “es un uniforme de la fuerza naval”, o “lo usaba hace años en el Mar Muerto”; la noche que sucedió a esa conversación con ese hombre, un anciano de ochenta, noventa años (o doscientos: el hombre eterno que habla con todos los huéspedes de un hotel madrileño cercano a la estación de Atocha), dormí escasos minutos; tuve un ataque de pánico horrendo (todo esto quedó registrado como un capítulo de una de mis novelas, bien empacado en la masa de historias falsas que permite la ficción); fumé un paquete entero de cigarros, salí a caminar, aterrorizado por los maleantes y las cabinas telefónicas. Y no volví a ver a ese hombre, que hablaba de lo exótico de los nombres latinoamericanos, y de buques mercantes o de guerra. Y de Naydath, de los ojos de Naydath, de la perfección de Naydath.
(2012, a partir de algo de octubre de 2005)








