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Más que tres puntos

He crecido en el estadio Alejandro Morera Soto.

Ahí he visto como la familia manuda aumenta día tras día. Los que se hicieron socios cuando eran niños, ahora llevan a sus hijos. Algunos nunca vuelven y otros llegan por primera vez. Todos envejecemos sentados en la gradería.

La costumbre de bajar al medio tiempo me ha permitido conocer a personas que desde pequeñas viven obsesionadas con el equipo de Alajuela. Aficionados que sonríen cuando van subiendo las gradas de su segunda casa. Gente como yo. Y hay que decirlo, no hay nada como compartir la pasión con otros que la entienden.

Algunos años atrás, la preocupación de la fiel minoría estaba centrada en el tema del hincha. Que nunca íbamos a lograr cambiar la forma de pensar del aficionado viejo y dañino, acostumbrado a silbar al jugador que falla un pase o a pedir la salida del técnico si las cosas no se dan. Que ese padre amargo, acostumbraría a su hijo a cagarse en los jugadores en caso de que éstos tuvieran un mal partido. Que siempre habría un necio que dijera “si juegan mal hoy, no vuelvo al estadio”.

Épocas de gloria y derroche. El precio se pagaría después.

Aquellos eran tiempos difíciles. Después de cuatro campeonatos de éxitos, la institución estaba casi en la quiebra. La afición se había acostumbrado a ver un equipo contundente y, por lo tanto, le costaba demasiado aceptar una derrota. Al entrar en época de vacas flacas, reinó la desesperación. Se sufría en exceso. Vino el fatídico gol en el minuto 97 y muchos nos enfermamos. Tuvimos una gran alegría en el 2005, pero volvimos a caer por largas temporadas. Llegaron los clásicos en donde no veíamos una. Ni jugando bien, ni haciendo un gol tempranero. Parecía una maldición.

Vino la debacle internacional contra el Colo Colo de Alexis Sánchez, Chupete Suazo y Matías Fernández (¿por qué putas Wallace a central teniendo a Lula?). Puntarenas y Pérez nos hacían tres en el Morera como si nada. El salto inútil de Romaña me arruinaba el fin de semana. Alpízar se burlaba de su exequipo en un momento doloroso (algo que nunca le perdonaré). Los refuerzos eran un fracaso y los técnicos llegaban a vender humo. Pasaba todo lo malo.

Los más jóvenes de entonces pensábamos diferente a los de la vieja escuela. Se entendía que la salida no era insultar, sino apoyar el doble. Que abandonar era lo más indigno. Que la única forma de cambiar la actitud del resto, era intentándolo cada uno. Había que invitar al estadio a los amigos, tratar de conseguir socios, asistir a asambleas, acompañar al equipo y, sobre todo, dar el ejemplo. Por eso, ahí estábamos siempre unos cuantos hasta el final, tratando de darle ánimo al grupo de jugadores que representaba nuestro sentimiento. Todo con la esperanza de que se nos unieran más.

El agradecimiento de Marín, luego del partido en donde los amantes del silbido abandonaron.

Luego llegaron los éxitos con Óscar Ramírez, que se ganó los aplausos devolviendo a la Liga al lugar donde pertenece. Entonces se acercó más afición. La barra tuvo sus problemas internos y salió fortalecida, con ganas enviar el concepto de que "el jugador número 12 somos todos". Y lo compramos. Llegaron las colectas para hacer las salidas en las finales. Aumentó la cantidad de socios y la gente empezó a cantar el “Señores, yo soy manudo desde la cuna”. Se inventó el Día Nacional del Liguismo. Más personas se contagiaron de aquella pizca de locura.

Así, las cosas empezaron a cambiar para bien. En cierto juego que perdíamos como locales en el torneo anterior, tres malagradecidos empezaron a pedir la renuncia del Macho. Jugando de graciosos, no sabían la que se les venía. La gradería completa les dedicó una bonita variedad de insultos y los calló. Seguidamente, se entonó el “Liga campeón…”. No me acuerdo del partido ni del resultado, pero sí de ese momento. Son pequeños acontecimientos que no se daban hace unos años.

Hasta ese instante, el avance sólo se podía ver desde adentro. Tarde o temprano los demás lo notarían.

Garra y corazón. Hasta el final.

El sábado pasado, la afición futbolera nacional pudo apreciar una muestra de la mejora cualitativa en el apoyo de la masa rojinegra. Nos golearon. Terminamos de comprobar que no tenemos un delantero de mediano nivel. Jugamos mal y perdimos una oportunidad de sacar ventaja en la punta. Nos derrotó el rival más odiado de los últimos tiempos.

Pero también se sacó una pequeña victoria.

Cuando cayó el tercer gol de Herediano, los amargos se fueron. Y ahí quedamos los de toda la vida, haciéndonos sentir como nunca antes. Las caras de sorpresa de los cobardes que abandonaban lo decían todo. No entendían. Porque lo normal es que se callen los perdedores. Pero en el Morera las cosas ya no funcionan de esa forma.

La Liga Deportiva Alajuelense tiene una afición que busca un cambio y parece encontrarlo. Todavía falta mucho, pero satisface ver que se va avanzando en la dirección correcta. Ahí estaremos apoyando en el próximo juego. Ilusionándonos de nuevo, como cada vez que sale el once manudo a la cancha. Porque esto va más allá de una mala noche o de tres puntos perdidos. Se trata de celebrar el hecho de ser liguistas.

Leonardo Pandolfi — Fue investigador de insectos en el kínder, artista en la escuela y periodista deportivo en el colegio. Le quedó un poco de todo. Se graduó como informático en su querida UCR. Vive entre artículos de opinión, partidos de fútbol y sesiones de rock clásico. Es socio de LDA desde el 2003, lo pueden encontrar sufriendo en Platea Este cada vez que juega su equipo.
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