Eso no lo digo yo, lo dicen las estadísticas. Los jóvenes de ahora son un cáncer. Vagos, consumistas, berrinchosos, mantenidos, valeverguistas, incontrolables. Una plaga que hay que erradicar. Y entre más jovenes, peor. Esos sí que están jodidos.
“War on youth”, le dicen los anglosajones a este fenómeno. Lo pongo en inglés porque es más tuanis, como ser tico y cantar en inglés (putas jóvenes de ahora sin valores ni cultura ni aprecio por lo autóctono). Como ejemplo de esto, hace un tiempo leí un libro sobre hip-hop en el que el autor hablaba acerca de una ley en California que le permitía a la policía requisar a grupos de tres o más jóvenes en la vía pública, por la única razón de ser jóvenes. En Inglaterra existe una ley similar, la cual aparentemente es necesaria para detener a la “juventud salvaje”, como dirían los señoritos ingleses.
Hablando del viejo imperio, ¿sabía usted que a los jóvenes londinenses también les gusta poner música a todo volumen en sus celulares mientras viajan en transporte público? Y es que eso nos hermana con los británicos: el odio por la música “chata” en los buses. Algunos defienden el hecho de que los jóvenes le den vida a su propio soundtrack en la ciudad. La mayoría, en cambio, vive conectado a un par de audífonos haciéndole mala cara a cualquiera que se digne a destruir la fantasía de que esto no es un bus, es una limusina.
Y es que no hay mejor arena para disputar la guerra contra la juventud que la musical. Ustedes lo saben. Lo han vivido en carne propia. “Dime qué escuchas y te diré quién eres”, dicen los turros. Si no son chatas, son hipsters o punketos. O neonazis. Como sea, son un asco.
En cada sociedad se crean tendencias culturales dominantes y nuestro país no es la excepción. En la música, ese “ruido infernal” que alguna vez nuestros abuelos culparon a nuestros padres de escuchar es actualmente la tendencia dominante. Rockcito, me gusta decirle. Una visión de la música popular sumamente influenciada por los Beatles, el cock rock setentero, el progresivo más pretencioso e incluso el metal ochentero. Ya hablé sobre eso una vez, no lo voy a volver a hacer.
El punto es que lo que ELLOS escuchaban en sus tiempos sí era música, lo que NOSOTROS escuchamos en esta época es, en el mejor de los casos, basura. En el peor de los casos, es la degradación de la cultura occidental. Igual con lo que vestimos, lo que comemos, lo que decimos, lo que cogemos; todo es peor. No hay ningún factor redimible. “La sociedad se va de culo”, dicen por ahí. No tenemos salvación, los mejores tiempos ya pasaron, todo es cuesta abajo a partir de ahora.
Pero esa narrativa no se restringe a lo musical, sino que también se extiende a lo cultural y lo político. En estos tiempos de efervescencia política, el cuento ya no solo es que nuestra cultura está degradada, sino que los jóvenes de ahora son más apáticos y materialistas, demasiado preocupados con su iPhones como para manifestarse seriamente. Los más viejos, en cambio, sí que lucharon. Esos huevones marcharon a Washington contra la Guerra de Vietnam, tomaron París durante Mayo del 68, se enfrentaron a todo el poder policial para sacar a ALCOA del país.
Los teóricos radicales que son tan leídos en los campus universitarios son un ejemplo de esto. Viejos caudillos de las luchas sociales de los 60’s y los 70’s, estos pensadores desde entonces no se han dedicado a otra cosa más que a esparcir pesimismo. El fin del hombre. El fin de la historia. El fin del futuro. La muerte de la revolución.
“Como nosotros fracasamos, ya nadie más lo va a lograr”, pareciera ser el lema. Ya aquí no estamos hablando solo de una guerra contra la juventud. Estamos hablando de una guerra contra todas las generaciones futuras, las cuales aparentemente llegaron muy tarde, ya cuando no queda nada por hacer.
De cara a ese panorama, yo lo que propongo es el fin de la nostalgia. Nostalgia en griego significa “el dolor de una vieja herida”, me dijo una vez Don Draper. En otras palabras, la nostalgia es una idealización y fetichización del pasado, provocada por la pena sufrida ante la inevitable pérdida de la juventud. Es una forma de aferrarse desesperadamente a lo que alguna vez nos hizo sentir esperanzados y llenos de vida, antes de que pasáramos a ser otro engranaje más en el fantasmagórico mundo de los adultos (el “sistema”, que le dicen).
En Costa Rica sobra la nostalgia, pero lo que falta es memoria histórica. No es un asunto de decir “a la mierda con ustedes, vejestorios” e ignorar todo el pasado. No, más bien se trata de ser consientes de que no somos una tabula rasa y que debemos escarbar eventos históricos, no para exaltarlos como una especie de paraíso perdido, sino para aprender de sus desaciertos y éxitos con el fin de aplicarlos, con creatividad e ingenio, en la construcción de nuestro presente y futuro.
Está bien que nuestros mayores recuerden sus años de gloria, pero no está bien que nos impongan lo que alguna vez tuvo sentido para ellos pero ya no lo tiene para nosotros. Mucho menos que nos transmitan su pesimismo malhumorado y su placer casi que morboso ante nuestros fracasos, especialmente cuando muchos de ellos abandonaron sus ideales y se dedicaron a empeorar sistemáticamente el estado de nuestra sociedad.
Y sí, yo me cago en los políticos, en los ladrones, en los ticos y en todos ustedes, fascistas de picha. Pero también los quiero a todos. Y por más mierda que se amontone en la balanza, no dejo de ser optimista y de creer en un mejor futuro.
Si las estrategias y luchas del pasado fracasaron, entonces, en vez de caer en el pesimismo, pensemos en nuevas oportunidades y posibilidades. No nos queda de otra, es eso o la resignación. Y la resignación es de viejos.
El autor le tiene miedo al mundo de los adultos.




) obtenemos lo que deseamos con el mínimo esfuerzo, además de que vivimos llenos de facilidades y por eso muchos no aprecian lo que tienen. 












), mi consuelo es predecirle su futuro....





