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La Navidad de los adultos

Dijo por ahí Antoine de Saint-Exupéry, por medio de mi gran amigo El Principito, que lo esencial es invisible a los ojos.

Amo la época de fin de año. Mis navidades favoritas fueron las de la infancia, las cuales recuerdo con cariño, nostalgia y entusiasmo. Si cierro los ojos recuerdo las luces de bengala y cómo pensaba que me quemarían mis pequeños dedos. Pienso en el sutil frío de la noche y en la emoción de analizar los ojos inquietos de los familiares compartiendo. Recuerdo el olor a vino, a chocolate caliente, y el corredor con el sonido de los tacones ansiosos por llegar a la sala donde estábamos todos; juntos, anhelantes y agitados. Recuerdo el desasosiego y la exaltación de reunirse todos, después de pasar tiempo sin verse algunos, y otros que ya son caras conocidas y constantes.

Recuerdo esa sensación de querer sonreír por todo y por nada, abrazar a todos, agradecerlo todo.

Pero ahora parece ser que todos tratamos con desesperación de ser adultos y de cumplir con ciertos requisitos establecidos; de quedar bien con todos, celebrar las enhorabuenas y presumir los viajes y éxitos del año. Parece que todos están en una fila, esperando con sofoco su turno.

Me refiero a ese término —adulto— no literalmente, sino a ese molde de ciertas características que debemos cumplir los que pasamos a mayoría de edad: todos quietos, sosegados, marchitos y agostados. Agotados de competir en esta transitoriedad cansada a la cual llamamos vida. Deberíamos volver a esa época donde todo nos parecía extraordinario.

Vivimos en la fugacidad; todos hacia adelante sin mirar al que está al lado. Una época donde nos sentamos al lado de afuera del campo del bus para no tener a nadie a la par. Donde esa misma tarde previa a la cena de Nochebuena estamos insultando por las presas, criticando y maldiciendo porque no pudimos encontrar un regalo apropiado.

Dichosa aquella persona que aún pueda gozar de los buenos momentos. De esos momentos en que puede escuchar hasta su latido de su corazón diciéndole que lo atesore, que lo capture como una foto instantánea, y que lo guarde para siempre. Porque, al fin y al cabo, eso es lo que somos: retratos, memorias e imágenes; un gran e interminable baúl de recuerdos que nos hacen sentir vivos.

Deberíamos dejar de tratar de comportarnos como adultos y ser niños para siempre. Hemos envejecido, y el tiempo, la rutina, las deudas, los requisitos y el trabajo nos han envejecido el corazón y nublado la vista.

Alexa — Filología Española, Canto Lírico, Escribir y amar. Soy de los libros, la música y la soledad.
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