Domingo, 11 de la noche. Cualquiera diría que es la hora de estar descansando para una nueva semana que comienza, o pegándose la última fiesta de la semana. Nosotros estamos en la entrada de emergencias de un hospital capitalino en espera de noticias sobre el accidentado. Ambulancias entran y salen. Uno que otro carro particular se abre paso para dejar a algún herido. Gritos de dolor, de angustia. Gotas de sangre que forman caminitos y que se pierden detrás de una puerta corrediza y de un guarda que prohibe el paso más allá.
No existe lugar en esta tierra más impactante que una entrada de emergencias; y quien haya tenido la "suerte" de estar en una, no me deja mentir: ahí es donde no importa si venís de un barrio de clase baja o alta, ni la ideología política. A todos por igual nos falla o nos "descomponen" algo. Y para casi que a todos por igual, hay alguien que se angustia, nos reza o nos llora. Y es donde, casi que como en el estadio, dos perfectos desconocidos se unen en un sentimiento, esta vez de pesar; comparten la vivencia de cada uno, y se desean las mejores vibras para aquello por lo que cada uno está atravesando. Es el lugar donde tal vez haya más empatía y entendimiento, porque aunque no vengan por las mismas razones, ambos seres saben que la pérdida de la salud, que el dolor y la incertidumbre de no saber qué va a pasar con esa persona que queremos, probablemente no se la deseen ni a su peor enemigo.
No existe lugar en esta tierra más impactante que una entrada de emergencias.
A veces reina el silencio. Las emergencias han cesado y sólo queda un grupo de personas asustadas que se miran entre si. Algunas se comen las uñas, otras buscan la forma de entretener a niños que no tienen idea de lo que pasa, otros se limpian una cara que a leguas ya no tiene más lágrimas que soportar. Es cuando empieza a sonar la tripa y te das cuenta de que no has comido en varias horas; y que probablemente pasen unas cuantas más. De por sí, el estómago no está para aguantar algo adentro.
Alguna vez me tocó estar "detrás de la puerta" también, acompañando a un enfermo. Ahí el panorama no cambia mucho: filas de camas con pacientes esperando a ser atendidos, gente revolcándose del dolor, más caminitos de sangre y un personal médico que no da a basto.
La muchacha de la camilla de la esquina se levanta frenética y vomita negro. Al parecer acaban de lavarle el estómago por una sobredosis o intoxicación con drogras, y ninguno de sus amigos de farra ha querido/podido acompañarla. Claramente está desorientada y trata de quitarse la ropa, pero está amarrada a la baranda. Una enfermera la tranquiliza, y sin medicamento de por medio, vuelve a caer sobre la camilla en un estado letárgico.
Todos han vuelto a ver. Los completamente lúcidos buscamos algo más en qué pensar, la mayoría de los otros enfermos tienen dolencias lo suficientemente fuertes para que no les importe lo que acaba de suceder.
De pronto, se escucha un alarido afuera en la entrada de emergencia. Ese, por su fuerza y su timbre, vuelve a asustar a todos. Es un quejido indescriptible, pero a la vez penetrante. Supongo que lo único con lo que se le podría comparar, es con el quejido de la Llorona, que sufre por un hijo que no encuentra. La única diferencia es que esta madre que se lamenta a escasos metros acaba de saber que ha perdido al suyo para siempre. Es apenas media tarde, y el resto de los enfermos sigue en su lucha por mantenerse vivo.
Así que, si algún día siente que su ego es más grande que ud, dése una vuelta por la entrada de emergencias de cualquier hospital: se dará cuenta de que todos, absolutamente todos, somos iguales; y de que a la vez, no somos nada.


























Excelente columna!! 





