Contrario al dicho popular, no hay sólo dos cosas seguras en esta vida -la muerte y los impuestos-, sino tres cosas seguras: La muerte, los impuestos y tener de vecino a un Testigo de Jehová.
En mis tiempos de estudiante colegial había una vecina, mamá de una compañera, que aparte de ser de dicha congregación escondía detrás de su fachada sencilla de ama de casa un cerebro increíble para las matemáticas, y era quien nos ayudaba con las tareas insolubles de álgebra del colegio. El caso es que entre ecuaciones diferenciales y raíces cuadradas, mi curiosidad también me dirigía a los libros profusamente ilustrados de la editorial Watchtower presentes en cualquier casa de Testigos que se precie. Sobre todo a esas ilustraciones donde se ve una tierra paradisíaca donde todo el mundo sonríe, los chiquitos dan de comer de la mano a los animales y -lo más importante- nadie morirá, porque el agente inicuo de la muerte y el ángel rebelde y dueño de este mundo, o sea Satanás, habrá sido derrotado. Pero para gozar de todo esto hay que ser "bendito en gracia", eufemismo para unirse al club de salvos y salvas. Hay que reconocerles que tienen uno de los sales pitches más seductores de la historia.
Y por todas las señas que encontré en cuanto libro de la Watchtower pasó por mis manos, todo indicaba que más pronto que tarde y de acuerdo a una combinación ingeniosa de cálculos numéricos con interpretaciones algo voladas de citas bíblicas, a mi generación le tocaría sin duda alguna ver en vivo y a todo color este show celestial único e irrepetible. Basta investigar un poco en Internet para darnos cuenta que vienen con la misma historia desde hace al menos cien años. Pero esta columna no trata de lo que crea o no dicha secta, sino de cómo dejé de darle crédito a fantasías inciertas y aceptar la vida como lo que es, como algo finito, transitorio y demasiado precioso para ser desperdiciada en rutinas sin sentido.
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Para mí, la idea de la muerte fue por mucho tiempo algo abstracto, algo que "sólo a otros le pasaba". Ni siquiera perder a los abuelos a temprana edad me hizo caer en la cuenta de otra cosa, viendo cómo nuestra familia aún permanecía entera. Hasta que en forma súbita y celera me tocó hace cinco años ver morir a mi padre de una infección del hígado. Fue la confirmación, para mí, de estar igualmente inoculado de forma definitiva con el virus de la mortalidad, de tener, como los alimentos, fecha de expiración estampada desde su momento de fabricación, y un contador regresivo que pareciera avanzar de forma sádica e irónica más rápido entre más viejos nos hacemos. Nos pasamos planificando incesantemente la existencia sin garantía alguna de que efectivamente vamos a estar viviéndola mañana también.
Quizás es por estar ya en el otoño de mis treintas mientras la cuarta década asoma insolentemente en el horizonte que pienso en estas cosas. El caso es que desde entonces he estado obsesionado con la filosofía del carpe diem, de aprovechar cada minuto que estoy bien y vivo en cosas que me edifiquen como persona o que sienta que valió la pena invertir mi tiempo finito y cada vez más escaso en ellas. Aprendizajes que me ayuden a dejar en este mundo algo más que deudas y desechos. Conocer más de este planeta, dibujar, pintar, compartir con viejos amigos y hacer nuevos, aprender a interconectar los puntos de la vida, como decía el Steve Jobs en aquel famoso discurso donde también -consciente de lo que se le venía, seguramente- nos decía que la muerte es el agente de cambio natural en la vida. La juventud "in" de hoy está condenada a ser los viejos cacrecos y estorbosos de mañana. Si estuviéramos siempre conscientes de ello, este mundo sería un buen poco más justo y menos ingrato.
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Ningún otro ser viviente se obsesiona con la inmortalidad como lo hace el ser humano. Cuenta de eso lo dan innumerables mausoleos y monumentos repartidos por todo el mundo, intentos del ego de trascender su estadía terrenal y derrotar al todopoderoso olvido. Aún así, nadie por más dinero o poder que acumulara en esta tierra ha logrado burlarse de la eterna Pelona, que siempre termina saliéndose con la suya. Jalisco nunca pierde, y la muerte tampoco.
Sin embargo, a diferencia de antaño no se necesita ya ser rico o poderoso para alcanzar la inmortalidad. Al menos no en Internet, ese mundo que en cierta forma es como la televisión, donde nadie realmente deja de existir. Podremos estar seis metros bajo tierra que nuestras cuentas de redes sociales seguirán manteniendo nuestro ego a flote en un estado de suspensión anímica que se negará a desaparecer sin una pelea legal. En cierto modo podría decirse que esto constituye el máximo triunfo del ego humano, el de trascender, con todo y sus banalidades olvidables, a través del tiempo y de una forma democrática y accesible a todos. ¿O no?
En realidad la robustez y permanencia de datos aparentemente inquebrantable de Internet nos demuestra cuán poco conscientes y preparados estamos para trascender, lo queramos o no, en el tiempo. Mientras tanto, seguiremos diseminando a diestra y siniestra fotos alcoholizadas, videos insulsos pero divertidos de gatos y clones de Jackass en Facebook, contribuyendo nosotros también de esta forma a su inmortalidad por los siglos de los siglos, amén.
Y ya para buscarle un cierre a esta tanatología columnar, a veces me pienso qué clase de epitafio me gustaría tener a mí en ese momento que espero aún sea muy lejano. Por ahora, el que va ganando es "hizo en vida lo que quería porque le dio la regalada gana y porque lo hacía feliz". 
Postdata: La ilustración que acompaña a este texto es de quien escribe. De hecho es la primera vez que acompaño una columna de 89db con una ilustración, que salió paralela por otro tipo de circunstancias y no va a ser cuestión de costumbre. Sin embargo, si tienen suficiente curiosidad para ver qué otras cosas hago, les dejo mi portafolio en Betoworks o mi cuenta en DeviantArt.












