Hablé con el mesero del local y me dijo, de mala gana: “Por ordenes de Gerencia aquí no se va a cumplir esa ley”. Entonces, hablé con el Administrador quien me irrespetó y me aclaró que era su local por lo que hacía ahí lo que le daba la gana. Acto seguido me pidió que me fuera diciendo: “La que tiene un problema con el cigarro es usted así que mejor se va. A mí no me interesan personas de su tipo”.
Le tomé la foto al chico que fumaba, llamé a la policía y veinte minutos después llegaron. El tipo les faltó el respeto, me insultó frente a todos, cuestionó qué le podían hacer, desvalido el poder de la fuerza pública, se burló de la idea de que yo lo denunciara y me chantajeó con fotos que me había tomado con su celular para que yo borrara la del tipo fumando. Se elaboró un reporte y calabaza calabaza cada quién para su casa.
Relato esto para ilustrar un punto: en Costa Rica la ley no cuenta.
Prevalece una visión individualista que no entiende la responsabilidad de vivir en sociedad, ni le importa. Cada quien hace lo que le ronque ejerciendo un tipo de libertad ilimitada que permite estar encima de todo, inclusive de la ley. Cuando algo no afecta la realidad inmediata, da lo mismo.
A esto se suma un hecho serio: falta voluntad para hacer cumplir las leyes.
La mayor parte del tiempo, la Fuerza Pública conoce los textos legales a medias y no sabe bien como hacerlos cumplir. En otras ocasiones, tienen claridad de las reglas pero prefieren no comerse la bronca y dejan las cosas así, con una “advertencia” en el aire a lo mucho.
La población, por su lado, prefiere no discutir. Antes de hacer un “drama”, opta por buscar una salida más fácil y menos incómoda que acudir al poder judicial. Solucionan por su lado ya sea retirándose o aguantándose, a lo mucho confrontando a la persona, pero del “colerón” no pasa.
Entramos en un círculo. Alguien no quiere seguir las leyes, la Fuerza Pública no sabe/no quiere/no puede hacerlas cumplir y el resto se hace de la vista gorda para no pelear ni tener situaciones tensas.
Ante la certeza de que se haga lo que se haga no pasa nada, comienza la fiesta.
Si hay restricción y quiero entrar a San José, me la juego. Si tengo que cambiar el valor de mi propiedad, se lo endoso a la Municipalidad. Si tengo que declarar la renta, lo hago el otro año. Si hay un límite de velocidad y tengo prisa, acelero. Si necesito cruzar la calle y el peatonal está lejos, me tiro y corro. Si necesito permiso para poseer un arma, la compro por debajo y me ahorro la vuelta. Si no se puede fumar en lugares públicos, igual lo hago. Si no hay un basurero cerca, tiro los desechos por ahí. Si no quiero pagar las cuotas de la caja un mes o dos, después me pongo al día. Si necesito parquear y hay línea amarilla, de todas formas lo hago. Si se prohíben las fritangas en la escuela, las agrego en la lonchera. Así sucesivamente.
En el peor de los casos, acudo a la Sala IV, valiosa y expedita como pocas entidades. Recursos van y vienen pero difícilmente cuestionan el contenido de las leyes; generalmente son solo reclamos porque algo no gustó. Y con todo esto presente, la ley pasa a ser casi que opcional.
Mientras tanto, el país sigue estancado y hundiéndose a tiempo récord. El desorden impera y cada quien jala para su lado, nunca en colectivo. Nada nos regula, nada nos toca, nada nos manda…hacemos lo que queramos, no pasa nada.
Newman se le dijo a Kramer: “La ley es todo lo que tenemos, es lo único que nos separa de los salvajes”.
Tenía razón.











, lo que mas me molesta es después ver la inconformidad de la ciudadanía contra el gobierno, cuando ellos ni si quiera ponen un granito de arena y lo peor del caso es que así anhelan conseguir un orden Europeo o que se yo pfff, con un gobierno renco y personas que lo empujan, nunca vamos a llegar a ningún lado. 





















