Crónica de una muerte anunciada.
La gente reacciona. Firma. Pone la cara. E igual al Sr. Orozco le rectifican su puesto.
No quedó campo para la especulación. Días antes, en un chat, y luego en una entrevista, Justo evidenció la homofobia que niega sentir. Entre líneas, de una vez, dejó ver que la población homosexual le resulta una molestia inevitable que entre más quedita se esté, por él mejor.
Es muy preocupante. Una persona con una mentalidad intransigente y extrema no debería presidir una comisión que vela por los derechos humanos. Pero por encima de eso, nunca debió llegar al Congreso.
No se puede perder de vista algo: Don Justo no se autoproclamó diputado. Su curul responde a una decisión democrática y al hecho de que una porción significativa de costarricenses voto por él, aunque a muchos nos duela.
El discurso intolerante está presente en el colectivo. Nuestra sociedad hace distinción según la preferencia sexual. Comentarios como “que estén juntos pero no cerca mío” y chistes denigrantes con referencia a “ser un platanazo”, son solo ejemplos cotidianos que evidencian esa discriminación.
Aquí no existe la igualdad.
Los costarricenses aún no comprenden la diversidad sexual, siguen siendo ignorantes.
Es la ignorancia la que hace que la vecina voltee los ojos cuando el chico de al lado viene con su novio. Es la ignorancia la culpable de que familias enteras condenen a su hija lesbiana. Es esa misma ignorancia la razón por la cual mitos, como que el SIDA está ligado a la homosexualidad, se traducen como ciertos.
Y es la ignorancia la que imposibilita a muchos, como a Justo Orozco, entender que el amor no se condiciona ni se cuestiona.














