No lo niego: no siempre cumplo mi promesa. A veces, me siento tentada a conocer qué habrán opinado los otros. En ocasiones, involuntaria e inercialmente me encuentro moviendo el mouse para darme cuenta de lo mismo: no todos opinan como yo. Pero aún más, una gran mayoría opina de la manera más diferente posible.
Religiones, banderas, aficiones y posturas morales definen casi siempre esos comentarios por los cuales termino con el hígado en la mano. Y bueno, no todos deben pensar como yo, me repito. ¿Quién soy yo para tener la verdad absoluta?, sigue siendo el mantra.
¡Ni mierda!
Una cosa, es no compartir una opinión, tomar decisiones diferentes, ver la vida de modos distintos. Otra, muy diferente es argumentar y promover la violencia, la discriminación y el odio. Burlarse de los que no son, piensan o actúan como ellos. Por muchos, muchísimos motivos: que si son homosexuales, que si son nicas, que si son tierrosas o reggatoneros. Siga, siempre hay uno nuevo.

Tomado de FB de Nacion.com “Gobierno reclama a Nicaragua por incursiones”, 21 de octubre del 2010.
Y al final, me doy cuenta que lo que me parece que la mayoría de gente piensa, no es así. Probablemente lo pensarán mis amigos –algunos-, mi familia, mi pareja. Ese grupo social que he escogido para desenvolverme, pero que en comparación con esa mayoría de gente que opina, no sólo en la noticia de La Nación, sino en las calles, en los mercados, en las oficinas y en todas partes, somos unos cuantos gatos.
El pulso, parece entonces, que se va perdiendo. Y no pierdo yo, mi cabeza dura, ni mis amigos. Vamos perdiendo todos, por parejo. Se va quedando atrás la posibilidad de ser, precisamente parejos; de que la posibilidad de ser yo –quien quiera que sea- sea respetada y valorada.
Termino entonces, dándome cuenta que vivo en una burbuja, por gusto propio probablemente, pero burbuja al fin y al cabo, en donde no pienso ponerme a pelear con ninguno de los que ahí opinan, como tampoco me veo manteniendo una conversación sobre el tema con ellos. No lo quiero hacer. Por eso escojo, limito mis lecturas y evito esos contactos.
¿Intolerante yo? Probablemente. Personalmente me digo que no quiero compartir su odio y sus exclusiones y reiterar nuevamente, que vivimos en una tierra jodida, eternamente pura vida, pero jodida. Y aunque no pierdo la esperanza, no pienso dejar en el camino ni mis bilis ni mi cordura, si aún queda algo de ellas.






















