Es que pasa muy seguido. Así, como hay días en los uno chasquea los dedos y hace magia, hay días en los que las cosas no salen fácil, salen mal o no salen del todo.
Razones… sobran. Porque hay mil formas para perder la motivación, o no estar inspirado. Porque a veces, la vida está cuesta arriba. Porque a veces, el entorno es gris y vivimos entre colerones, miedos, y tristezas que nos detienen. La situación política raya en lo inverosímil, y sus consecuencias dan asco; indignan.
Me niego a pensar que a pesar de tener todo lo que he querido tener, y de vivir todo lo que he que querido vivir, esto me obliga a estar inspirado siempre. No señores… Nadie está obligado a esto. Estamos obligados, eso sí, a sacarlo adelante. La falta de inspiración es parte de vivir. De alguna manera, todos pasamos y salimos de esos huecos. Esto incluye grandes artistas, grandes personas y hasta grandes líderes que cuestionan su causa.
Las consecuencias son inevitables, dice el maestro. Desde que dejamos algunas metas botadas, hasta que dejamos de rendir en nuestra vida cotidiana. Incluso, muchas veces preocupamos o herimos gente que queremos. Pero en general, el resultado es la pérdida de tiempo. ¡Tan valioso el tiempo perdido!
De una forma u otra, nos vamos serruchando el piso nosotros mismos. Nos hacemos parte de la bola de inútiles que tanto criticamos, y básicamente, nos dejamos vencer por la mediocridad que respiramos.
¿La solución? Huevos, señores… huevos. Así las cosas salen a como de lugar. Ya la decía, Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”
Ante esto, no queda más que ponerse el overol.












