La desgracia se esconde en las esquinas, en las ruinas del sistema; se hace imperio y también se hace novela. Se hace Ejército enemigo, del tío Alberto Olmos, obra de cubierta hermosa, sensual, y existencias fantasmales, cuando menos en el Exótico Trópico, publicada cuando al 2011 ya casi no le alcanzaba el calendario para contarse los días.
A ello pues: Santiago, Santi, es un publicista caído en desgracia (redundancia, lo sé) en la España de épocas de crisis —la España de hoy, mañana y, por lo que parece, siempre— a quien se le muere un amigo, Daniel Mansilla, Dani casi tocayo. Se lo matan, pues, con la hoja de un cuchillo. Ahora que llamarlos amigos podría ser estirar la banda de más, porque tenían su rato de no verse. La última vez que se habían visto, luego de seis meses de silencio mutuo, Dani prometió heredarle a Santiago su contraseña del correo electrónico. Fue una especie de bálsamo para sanar la herida abierta en su penúltimo encuentro, cuando la daga tocó el nervio. Dani, indignado. Con mayúscula, Indignado, 15-M incluido. Santiago, publicista (en desgracia [redundancia, bis]). El primero, de familia acomodada, lucha convencido de que puede conseguir un mundo mejor, más allá del escepticismo del segundo. Todo claro hasta que Santi suelta la línea que define la trama de la novela. Un pleito de palabra pasa al congelador la amistad, lo que de ella quedaba todavía en las botellas de cerveza que compartían Dani y Santi.
“La solidaridad ha fracasado”.
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“¿Estáis todos locos? ¿Durante cuánto tiempo nos seguiremos engañando con esta mierda? ¿Durante cuánto tiemnpo dejaremos que legiones de listillos se enriquezcan a costa de la gran burbuja de la solidaridad? ¿No sería mejor dejarlo todo al albur del caos, cesar en las ayudas puramente amansadoras, y permitir un sufrimiento tal que, al cabo, hiciera a millones de personas tomar las armas y devolvernos la calderilla? La solidaridad no solo ha fracasado, sino que ha evitado la reacción(...). Ha abierto sucursales de esperanza en el espacio reservado a las franquicias de la revolución. Ha contaminado de sentimiento de culpa las aguas claras del mal, su caudal imparable. Ha puesto presas y diques al dolor y ha dado a las empresas multinacionales un argumento de marketing: basta con poner un logo solidario en la etiqueta. —Daniel, habéis creado un mundo sin culpables”.
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Change.org mail@change.org
para mí
Estimado/a Danny,
Gracias por firmar mi petición, "Remueva de la presidencia de la Comisión de DD. HH. a Justo Orozco".
Ganar esta campaña está en tus manos. Tenemos que llegar a tantos amigos como podamos para hacer crecer la campaña y ganar.
Gracias por tu apoyo,
XXXXX
Da un paso más: pide a tus amigos que firmen No te limites a firmar: movilízate. Convierte tu firma en cientos más pidiendo a tus amigos y amigas que firmen. Ellos se lo pedirán a sus amigos y éstos a los suyos... Así conseguimos hacer más presión. Así es como ganamos.
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Por ahí va el ejército enemigo. A eso va Olmos, el tío, hostia, que esta novela mola, hombre. Al círculo de confort vicioso en el que caen todos estos niños que pretenden salvar el mundo donando un euro por Haití, pasando una semana sin bañarse y con las palmas en alto, curándose en salud. Todos estos inútiles subversivos (a un charco de distancia) que se saben superiores al otro, el que toma el tren todas las mañanas para ir a trabajar. Vale, coño, que estos pijos son personajes de una obra de fizzión, eh.
Entonces Orozco, entonces todo lo demás, me duelen los ojos y no pienso numerar: ya los conocen. Están nuestras desgracias, de patio propio, de tiempo actual, no hace falta escuchar a Valerín para conocer nuestra historia negra reciente. Está el vale picha y la piñata infinita y el cuesta risas; está el ciclo vital de la indignación. Están las firmas digitales, está el share y el like. Entonces nosotros mismos. Nuestro círculo. Ahí estamos, eso somos. Un círculo vicioso de confort. Nuestro confort.
Vamos y le damos click, firmamos la petición y recibimos el mail de agradecimiento. Y el mail dice que así, pero en esteroides, así pero un tonel más, todos mis amigos juntos de la mano haciendo click, ganamos.
Ganamos.
Ganamos.
Todavía me retumba. Ganamos.
¿Ganamos qué? ¿Exactamente qué? ¿Más firmas me ganan un diputado, al menos uno, en quien confiar? ¿Me ganan un representante digno en el Salón de la Justicia cuestamorino? ¿Me ganan algo de esperanza? ¿Así, a punta de solidaridad digitalizada, muestro mi indignación? ¿Qué ganamos? ¿Ganamos?
Yo creo que perdemos justamente porque ganamos. Ganamos comodidad, ganamos la paz que solo llega vía conciencia limpia: ya hice click, ¿y vos? Ya compartí, advirtiendo de previo que sé que probablemente no pase nada, ¿y vos? Fuera justo punto com y canciones en el soundcloud. Todos con el touch, todos con el mouse, todos haciéndose sentir... entre sus contactos. Todos haciendo la bulla, el ruido... con sus conocidos. Todos, creyendo que el país se retuerce en furia, incapaces de ver que el foro es una burbuja, que si la población que cultiva 89dB fuera reflejo fiel de lo que pasa aquí, en el Trópico, difícilmente habría una verdiblanca en Zapote. Todos olvidando lo que hay más allá, o más bien escogiendo ignorarlo para no volver a manchar la límpida moralidad digital.
Yo creo que perdemos cuando confundimos las pequeñas acciones de cambio (P.E.: tachar ese chiste gay del repertorio) con los facilismos de la red social y creemos ganar de paso.
Yo creo que perdemos porque en nuestro mundo personal, el de cada uno, hasta donde da el horizonte, las penas se purgan a punta de megusta. Ahí estamos, perdiendo cuando ganamos. Ahí estamos, lavando las sábanas sucias a punta de muros activistas. Ahí estamos, esclavos del click. Nuestro ejército enemigo. Ejército de uno. Enemigo de sí mismo. Perdiendo creyendo ganar.







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