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La muerte del pájaro carpintero

I. Imposibilidad del gusto

¿Qué estoy haciendo aquí a las tres de la mañana? Ni usted ni yo lo sabemos o, lo que es lo mismo, ambos lo sabemos pero preferimos irnos por las ramas para evitar ser adultos. Usted tiene un tremendo talento para encontrar tangentes. Yo no tengo talento, tengo debilidad: tengo debilidad por usted. También, aparentemente, tengo poco respeto propio porque esta situación, estar en su casa a las tres de la mañana sin saber qué hacer, me la olía desde siempre, desde antes de que nos escribiéramos un mensaje cada seis meses, desde antes de conocernos. Desde siempre. Con usted, todo se siente así: como civilización antigua, como pirámide egipcia, como corrupción política: siempre estuvo ahí, aun antes de saberlo.

Usted es mi pirámide egipcia.

¿Qué hago aquí a las cuatro de la mañana? Hago esfuerzos sobrehumanos para mantenerme aquí, en este equilibrio insalubre, incomprensible. Soy Philippe Petit caminando la cuerda floja que separa mi cordura del debacle total del corazón y de la cabeza. Usted es omnipresente a esta hora: todo lo que hago, todo lo que siento, todo lo que respiro, todo lo que deseo tiene que ver con usted entre cobijas, usted en un ovillo en mi hombro, usted mirando hacia la pared opuesta, roncando suavemente como recuerdo por adelantado: cuando salga el sol, esto será lo que me lleve. Nada más.

Usted es mi recuerdo favorito.

Como la luz plateada de la ciudad, aquella vez. Como la vez que nos topamos, sin pensarlo, en medio de la avenida y nos dimos un abrazo y sobre las calles lo que se derramaba era una luz plateada, melancólica, porosa. Así se sienten sus abrazos. Así se sienten las cinco de la mañana aquí, a su lado, donde la cordura pierde la batalla, donde yo no tengo nada que ganar y estoy consciente de ello. Donde, justo cuando sale el sol, un pájaro carpintero se posa junto a la ventana y golpea el vidrio hasta hacernos despertar.

Usted es.

II.

Con Eka pedimos una cerveza y un whisky.

Este bar no tiene identidad. No sabe a dónde va, si va o viene, si alguien viene o si alguien se irá. Este bar camina a ciegas, se tropieza, se expone a sí mismo, hace el ridículo, se somete a humillaciones. Este bar se despide y no recibe cariño alguno de vuelta. Este bar camina de vuelta a casa, a las 7:40 de la mañana, walk of shame, sin tener nada a qué recurrir en su cabeza para calmarse, para saber en qué se equivocó, para saber si fue un error ir a aquella casa a las 2 de la mañana, este bar no sabe nada, no sabe nada de nada. Este bar sale de aquella casa a las 7:30 de la mañana y se despide de un beso en la mejilla porque no puede aspirar a más y él lo sabe y sin embargo mantiene alguna esperanza de ser, algún día, algo más que el bar que es ahora mismo, el bar sin identidad, sin cabeza ni pies, el bar sin voz, el bar que todo se lo guarda adentro, el bar que no tiene oportunidad pero no se asume perdedor, tal vez su mayor yerro. Este bar no tiene identidad. Este bar no tiene esperanza.

Con Eka nos vamos sin pagar.

III. El hombre pájaro

Me dijeron que, por las noches, un vecino del segundo piso caminaba por los pasillos de la planta baja donde vivo. No en un ride tipo sonámbulo ni nada así. Es simplemente parte de un nefasto juego de toma y dame que, a lo largo de varios meses, él y una amiga que vive en el apartamento contiguo al mío han construido.

Se escriben mensajes, se dicen cosas, suben el tono, se envían indirectas. Pero al final nunca se concreta nada, por las razones que sean. Es como ver jugar a España en el mundial del 2010: un exceso de tiki taka que rara vez culmina en gol.

Luego de semanas de pases, mi amiga decidió tomárselas para sí misma y dejó de contestar. Puso el juego en el congelador. Pero el vecino del segundo piso, según me dijeron, no está del todo feliz con aquella decisión y ahora, al parecer, ronda los pasillos de la planta baja, se detiene frente a la puerta de mi amiga (y, por consecuencia geográfica, de la mía) y espera ahí, sin tocar ni llamar ni gritar, a que le abran y lo dejen entrar.

Me dijeron aquello y no pensé nada. Luego me puse paranoico. Luego solo pensé en las posibilidades de diversión. Pensé en lo raro que era encontrarse a alguien, por las noches, cuando todos duermen, frente a la puerta, solamente esperando que algo suceda. Me daba miedo y me daba risa y me daba todo a la vez. Así que decidí que, la próxima que escuchase algún ruido particular, abriría y, con seguridad, además de asustarme yo, lo asustaría a él.

Sucedió. Escuché un golpeteo constante, pero mucho más tarde de lo que me esperaba: las cinco de la mañana. Era como un martilleo que se amplificaba entre las paredes y llegaba hasta mi habitación convertido en estallidos que se sucedían uno tras otro con fuerza y casi con maldad. Me preocupé: ¿estaría el vecino golpeando a la puerta de mi amiga? ¿Se habría cansado de esperar? ¿Habría escogido la violencia de una vez por todas?

Salí de la cama y me dirigí hasta la puerta. El ruido seguía ahí. Con nervios abrí la puerta. No había nadie en el pasillo. Solo el ruido. Fruncí el ceño. La adrenalina ganó el debate. Caminé a lo largo del pasillo, siguiendo los golpes. Giré hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Los golpes estaban ahí. Provenían de la puerta del edificio. Alguien la estaba golpeando de forma incesante y el eco se amplificaba por doquier. Tragué grueso. Quién golpeaba a las cinco de la mañana. ¿Dónde se esconde la maldad a las cinco de la mañana?

Pensé en devolverme a la cama y solo ignorar la llamada a la puerta. Pero ya era demasiado tarde: estaba demasiado involucrado en el misterio como para no solventarlo de una buena vez. Respiré hondo. Estiré el brazo hacia la cerradura y giré el pómulo. Abrí la puerta. La brisa fresca de cinco de la mañana me golpeó el rostro; la luz plateada del amanecer estaba en todas partes.

En el suelo, frente a la puerta, estaba el cadáver de un pájaro carpintero.

Fotografía tomada, no con un iPhone, por Guillermo Barquero. 

Danny Brenes — escribe, lee y bebe coca-cola.
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Tuve la oportunidad de decírselo una vez en persona, una noche de enero en chepe... Vuelvo a decírselo, mae muchas gracias por escribir. 

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Empezó: 12 Ene 2013
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pálido... lúcido.

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Empezó: 9 Mayo 2011
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muy bueno! que gusto da leerlo.

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Empezó: 7 Oct 2014
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