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Nubes

Te hacés una pregunta.

La de siempre, rutinaria: ¿cuánto tiempo esta vez? Tu supervivencia urbana la vivís en dos actos: el primero, la hora y media, poco más poco menos, que toma llegar de casa a la oficina; el segundo, la misma travesía en sentido contrario. El tiempo de vuelta es siempre una incógnita y por eso, omnipresente, la pregunta que te hacés: ¿hoy cuánto tiempo me tomará?

Esperás en la parada y el bus no llega. Cinco, diez, quince: todos los minutos posibles, pero el bus no llega. Comienza a lloviznar, dejar de lloviznar, la noche aclara, aguacero torrencial: el bus no llega. Solo cuando ya perdiste la cuenta de las veces que te has preguntado cuándo putas va a llegar, finalmente la ballena de lata y smog aparece desde el otro lado de la esquina.

Hacés fila, sos el último. El tiempo que le toma a cada usuario ingresar al bus se traduce en gotas de lluvia que te empapan. Entretanto, contás por enésima vez las seis moneditas de diversos tamaños. Por alguna razón tomó años para que a alguien se le ocurriera proponer otra forma de pago y fue la incorrecta: las tarjetas recargables ni en el horizonte se asoman. Somos esclavos del menudo.

Pagás, recibís el cambio y comenzás tu función de malabarismo en la cuerda floja. El chofer arranca de golpe cuando vos todavía vas de camino al único asiento libre del armatoste. Te toca hacer equilibrio. Te toca vértelas de colores para no caer de frente sobre el suelo del pasillo. La gravedad y la inercia son benévolas: de golpe das contra el asiento libre.

Fast Forward.

Esquivás hordas a lo largo del boulevard peatonal en el que los peatones no tienen la vía prioritaria. La ciudad de los automóviles. Forzás los audífonos en tus oídos para evitar el concierto de vendedores de líneas de teléfonos móviles quienes, por alguna razón, no sufren del agobio municipal ni del reproche del pueblo que sí castiga a los ambulantes con quienes comparten calle.

Esperás a que el semáforo cambie a rojo. Un taxista se detiene justo en el paso peatonal. En la cabina de su carro el tipo sonríe mientras, a su alrededor, los peatones caminamos alrededor suyo. Más tarde sentirás culpa por haber deseado, entonces, tener algún tipo de discapacidad para poder enfrentar al taxista con total autoridad moral.

Fast Forward.

Con los pies empapados y la sangre hirviendo, vas sentado en el segundo bus de los tres que separan tu casa de tu oficina. Por la ventana ves una seguidilla interminable de luces rojas que se repiten hasta la eternidad porque esa es la naturaleza de la presa diaria. Intentás, tanto como te es posible, acomodarte en el asiento: será otro largo viaje.

Llegás a casa dos horas después de haber dado por cumplida la jornada laboral. Al día le quedan cuatro horas. Después intentarás dormir y va de nuevo. ¿A esto es que le llaman vida? Te llenás de dudas. Hacés, entonces, lo que solías hacer antes: abrís word.

Atacás al documento con preguntas: ¿cuántas veces has dicho “la ciudad es nuestra”? ¿Lo decías en serio? ¿Te arrepentís ahora? ¿Cuánto tiempo más vas a poder soportar tu rutina de supervivencia urbana? ¿Sobrevivir es igual a vivir? ¿Es esto a lo que llaman vida?

No encontrás respuestas.

Fotografía del mae más talentoso del país

Danny Brenes — escribe, lee y bebe coca-cola.
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Hay una etapa en la vida donde la juventud te permite llevar palo sin más y absorberlo como parte de la cotidaneidad. Y también hay otra etapa donde te preguntas, con justa razón, si así es como te va a tocar el resto de tu vida. Y ante la perspectiva gris de que así sea, sumas, restas, multiplicas y divides opciones para llegar a la conclusión de que si surge un atisbo de posibilidad de cambiar tu rumbo, te aferras a él como náufrago a una balsa. En eso estamos muchos. 

Imagen de Beto
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Empezó: 20 Jun 2008
Karma: 1970

El Mito de Sísifo. El absurdo de la vida es interminable, pero atentos, que la vida pierda el sentido no significa que no tenga sentido vivirla. Es reconfortante encontrar ticos con el mismo razonamiento. Buen artículo.

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Empezó: 2 Jun 2013
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A veces suelo preguntarme a mi misma exactamente eso. Esa incorformidad con la cotidineidad, la rutina es agobiante. Esas ganas de querer salir volando y dejar todo, que la sociedad fuera diferente. Por que cuando empezás a trabajar la vida se va demasiado rápido, el día no dura nada, de repende lo años se pasan volando también.

Siento que no estar tan conforme con "este sistema", no es malo, creo que lo malo sería no ser consciente de de la incorformidad y ver el ritmo de vida que llevamos, como algo normal. Al ser conscientes creo que estamos más cerca de hacer un cambio, que el resto de las personas.

 

Imagen de Iva Alvarado
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Empezó: 23 Feb 2012
Karma: 448

O, "ser de Cartago y bretear en Tibás". Sad

Imagen de René Montiel
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Empezó: 14 Dic 2009
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