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Pequeña, estúpida vida

Esto me gusta.

Sentarme en mi sala, en mi sillón, y sentir la brisa que corre por el pequeño apartamento, un soplo suave que me sirve de canción de cuna: en algún momento de las próximas dos horas caeré dormido, puede que con la computadora todavía sobre mis muslos, puede que con All around the world todavía sonando en loop en las bocinas.

Me despeja, la brisa, y estos días han sido particularmente ventosos. A veces, incluso, el viento es tanto que siento que no lo puedo manejar, que me embriaga. No importa, lo tomo igual: me dejo embargar por una profunda paz, por la serenidad,

A veces, cuando cae la tarde y la luz se vuelve dorada como la de la lámpara que me ilumina ahora mismo, me entran unas ganas tremendas de tirar el carné del trabajo al piso y correr; correr hasta desgastarme las suelas de los zapatos y los tendones de las piernas. Correr hasta desfallecer y luego dejar que mi cuerpo se desvanezca, que caiga sobre un montón de césped verde, fresco, sedoso, y de nuevo sentir la brisa, la que atraviesa el apartamento ahora, cuando todo es silencio, incluso la música, incluso los golpeteos sobre el teclado, incluso mi respiración.

Me gusta caminar por las calles de esta ciudad hermosa y horrible que aprendí a querer, aunque muchas veces se parece más a un amor platónico que a uno real. Me gusta sentir que el pelo se me revuelve, que el viento se mete entre mis brazos y mi torso. Amo esa sensación cuando uno detiene las lágrimas en los párpados, evitando apenas el llanto. Me gusta ver cómo las tardes mueren y se convierten en noche. Toda mi vida he vivido al este de mis lugares de trabajo o estudio, por lo que durante el camino a casa siempre doy la espalda al atardecer; para contemplarlo hay que romper: dar media vuelta, detenerse, dejar que la caricia dorada del sol moribundo entre por cada poro, cada milímetro de piel, y se confabule con la brisa, la que siento ahora, la que me acompaña.

La brisa es narcótica, he concluido. Esta paz que me da es una ficción, es un velo con el que cubro los problemas de siempre, las dudas sempiternas. Esto es cierto: no sé qué estoy haciendo con mi vida y a veces creo que nunca lo sabré. Esto es real: cuando mi hermana me pregunta si todavía pienso en mi mamá, le miento: rara vez sucede. Esta es la verdad: esas y otras dudas me carcomen a diario, por debajo del ruido, silenciosas y peligrosas.

No recuerdo la primera vez que vi American Beauty, pero sí que recuerdo la segunda. Fue durante una clase de inglés, en octavo años, hace trece años. No sé si es la mejor idea mostrar a un grupo de preadolescentes una película que cuestiona la existencia y el origen de la belleza, pero algo en mí cambió entonces. Algo se quebró. Aprendí a ver algo que no había visto entonces y que, al parecer, ninguno de mis compañeros de curso veía.

Lester Burnham me estaba hablando a mí. A nadie más. Me lo decía a mí. Me veía a los ojos y me lo decía, desde el más allá. Lo veía venir, lo anticipaba y, de una, me daba la cura. Le tengo pavor a la vida en macro, pero he encontrado amplitud en lo pequeño, en lo mínimo, en lo básico. He encontrado esperanza en comprender que el punto de la vida, cualquiera que sea, nunca está perdido, solo ha cambiado su forma.

Mientras haya brisa, puedo convencerme de que todo estará bien. De que nunca será tarde para recuperarlo. Mientras tenga la brisa, no pierdo la esperanza de, algún día, no sé cuándo, sentarme en un sillón con mullidos almohadones, beber un trago, exhalar un resoplido y pensar que lo hice bien.

Danny Brenes — escribe, lee y bebe coca-cola.
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La vida podrá ser pequeña y estúpida, pero usted es grande y brillante.  No se le olvide.

 

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Empezó: 16 Sep 2013
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