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Rupturas consecuentes de mitos

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Dentro de unos minutos, las turbinas del avión rugirán. El armatoste rodará pacientemente por la pista de despegue, partiendo en dos la noche panameña que ya cae sobre nosotros. Dentro, la cabina está peor que a oscuras: iluminada por débiles fluorescentes, tiene pinta de hospital y de pesadilla. De mal augurio.

Mi asiento es el del pasillo, en la última fila. Como Moisés, parto las aguas: del otro lado del pasillo, tres quintas partes de una familia que regresa de vacaciones; a mi lado, los miembros faltantes. Después de ocho semanas de soledad automedicada, soy el sobrante de una familia en mi marcha final hacia la realidad y hacia todo lo que ella implica.

Es hora de despertar.

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El 15 de febrero fue un día extraño. Nunca he sido la persona que tira la casa por la ventana, pero tampoco había pasado de celebrarlo del todo. Esta vez, estoy almorzando con una desconocida mezcla perfecta: tica residente italiana empleada en Washington se come una crepa y me dice que viaje, que suelte todo y me vaya.

Solo seis meses antes de este día, yo no sabía quién era Natalí. A la fecha, sigo sin estar del todo seguro; sigo sin confirmar que, en efecto, pasé mi cumpleaños 26 almorzando con ella, desconocida y amiga, en el café del Teatro Nacional. Seis meses antes de este aniversario de vida, mi bandeja de entrada recibe un mensaje. Una mujer tica residente italiana empleada en Washington me agradece, a mí y al mejor escritor de este país, por esto. Por escribir.

Dice muchas cosas lindas, Natalí. Dice que lo que escribimos le hacen sentir más cerca de quién es. Yo fracaso en mi intento de abrazar el monitor. Cuando Natalí visita Costa Rica, concretamos un almuerzo. Ella no sabrá que es el día de mi cumpleaños.

Ni falta hizo. Ese día, Natalí me dio el regalo que necesitaba. El último empujón.

Soltar. Viajar. Irse.

49

No hace frío. No hay sueño. No hay hambre. Solo hay sentido de insignificancia. Solo están Lydia y Robert. Conduciendo a través del concreto que conecta la capital con el hogar, aunque sea temporal.

Lydia es una amiga que se ganó el título de amiga a punta de hipérboles. Han pasado años desde las únicas semanas que ella pasó en el país y que compartimos juntos. Ha pasado tiempo desde que bebimos cerveza viendo a Sonámbulo, o vino en casa de Mayarí viendo los Oscar, o más cerveza viendo a Niño Koi en el Lobo. No hay mucho más que agregar a la fórmula salvo que nos despedimos seguros de que no volveríamos a vernos y eso sirvió de fertilizante en el imaginario: en mi cabeza, Lydia era mi gran amiga alemana, no la chica que conocí justo antes de perder mi trabajo en la editorial.

No la chica que, el 15 de febrero, por la noche, luego de mi almuerzo con Natalí, me escribió un mensaje y me dijo “mae, recuerda que puedes visitar cuando quieras”. No la chica a la que le dije “hey. Sí. Sí voy”.

Ahora, en la noche del 3 de agosto, a las puertas del hogar temporal, luego de diez horas o más de volar en pos del horizonte y no dormir, Lydia ya no es una hipérbole. Tampoco Robert, su novio de toda la vida, el Marshall Eriksen de mis días.

Lydia y Robert son, eran, fueron, son mi familia.

7

La gente no para de decirle a uno que hey, no, ni piense en eso, usted va a volver demasiado motivado, usted va a venir a escribir un montón, usted va a regresar con un montón de historias y de pronto uno se sienta frente a la compu y no tiene nada.

Entonces la gente deja de decir eso y empieza a decir que hey, qué sabe de la revista, dicen que la van a cerrar, usted qué piensa hacer y uno no tiene nada, ni ideas ni plan ni nada.

Entonces la gente ya no dice nada porque todo es real. El final de todas las cosas. Pero uno tiene algo.

Tres días antes de que firmara la carta que prescindió de mis servicios, detuve mis pasos en el centro del parque España, en el centro de San José. Pegaba viento que me revolvía la greña. Hacía frío que me cerraba el pecho. Llovían dudas que me nublaban la cabeza. Luego respiré hondo, crucé la calle y firmé el contrato que me convirtió en inquilino del apartamento número 7.

Independencia y desempleo se escriben parecido.

27507

Todo recuerdo de la primera mitad de este año ha desaparecido de mi cabeza. Ni mundialista siento este año, año raro de diez meses porque las semanas afuera no cuentan: paréntesis irreal, burbuja de escape. Entonces abordo y luego me apeo y me monto en buses y trenes y aviones y bebo cerveza y coca cola y absenta y como cordero y pato y coles y salchichas y duermo una hora y duermo trece horas y me olvido de todo y no pienso en nada, en nadie. A veces fotografío todo y a veces nada. A veces tengo los mejores días de mi vida. A veces siento que podría quedarme para siempre y otras lo pienso de nuevo. Todo el tiempo siento que soy parte del público que ve una obra de teatro: la vida es esa cosa que está sucediendo allá mientras yo cada tanto pongo atención a los diálogos y la trama, y el resto del tiempo juego con mi teléfono. En ocasiones olvido que todo algún día tiene que acabarse, que no hay tiempos extra ni minutos de reposición.

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Los cauchos de las llantas chillan cuando tocan suelo. El avión rueda por la pista de aterrizaje y aminora la velocidad hasta quedar en ceros, detenido junto a la terminal. La familia a mi alrededor finalmente vuelve a ser una de nuevo. Yo llevo puesto un par de audífonos que, como guerreros, soportaron las muchas horas, los muchos días. Entrego papeles en aduanas. Busco mi equipaje. Ignoro las palabras de los taxistas. Salgo a la noche. Respiro hondo y siento, por primera vez, la lluvia que ha caído sobre el Juan Santamaría desde temprano. Se rompe la burbuja. Regreso a la realidad y a todo lo que ella implica.

Es hora de despertar.

Danny Brenes — escribe, lee y bebe coca-cola.
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