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Con el niño que llevamos dentro

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Cuando uno llega a cierta cantidad de años, por "default" tiende a caer en una serie de estereotipos acerca de lo que es ser grande.

Algunos ansían con desesperación alguna reunión de colegio para poder alardear de lo que ha sido de su vida, o mejor dicho, ver quién está peor que uno.

A cierta edad es normal que la mayoría de esos compañeros tengan hijos -casados o no-, tengan un negocio propio o al menos tengan que vestir de traje formal para poder pagar todas las "jaranas" en las que se han metido. Algun@s ya están calvos, otros panzones o flácidos; y el stress es el mejor estandarte de que ahora si la cosa es en serio, no hay vuelta atrás.

En fin...llegar a cierta edad implica para muchos, perder la juventud...pero no por fuera, si no por dentro. Porque ya no hay espacio para las travesuras, ni para los juegos, ni los "despelotes". Eso es una inmadurez. Y por desgracia para ellos, algunos nos rehusamos a pensar que crecer es sinónimo de marchitarse. Que madurar es apaciguarse y resignarse a que el camino ahora es cuesta abajo hacia la monotonía.

Dicen que la vida pierde su sentido cuando dejamos morir a ese niño interior. Yo rehuso pensar que algún día no disfrutaré de ir al Parque de Diversiones (aunque haga fila por 1 hora para un juego de 3 minutos), y emocionarme cuando cambio los tiqueticos que me gané en el skee ball por un inservible insecto de plástico. O que no voy a poner cara de bruta feliz y saludar por la ventana a todo aquel que se me atreviese cuando me monto en el tren.

Y todo esto nació en un conversación de tragos en un barsucho de mala muerte, de esos que los "adultos" rehuyen, pero que los que nos rehusamos a crecer agradecemos porque precisamente, nos "inyecta" eso que nos justifica el seguir viendo la vida de una manera un poco más "light". Es como el sacrificio de vírgenes o los baños con leche de cabra pero sin el respectivo reguero.

Afortunadamente, creo que cada vez hay un grupo más grande de gente que se rehusa a crecer a la "vieja usanza"; y se permite de vez en cuando hacer chiquilladas.

Aunque se me acaba de ocurrir que tal vez hay algo de la "vida de adulto" que nos da miedo enfrentar. Desde las responsabilidades familiares hasta las responsabilidades políticas y sociales....

Antes, cuando teníamos inocencia y el mundo lo "manejaban otros", todo era más fácil.

Rosa Ch Marín — es una enamorada de las utopías y las distopías, sueña con el día en que el mundo vea con malos ojos a los que andan con saco y corbata. Ama el punk rock y a Mike Patton, las papitas de Mc Donalds (aunque sabe que son del diablo) y la Rock Ice Ginseng (y al parecer sólo ella lo hacía). Cree que el mundo seria un mejor lugar si la gente adoptara un perro.
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